Fin_57

Efectivamente, el restaurante en el que cenó el sobrino de Oriol en su último viaje a Lleida estaba a dos manzanas del carrer Cavallers. La siguiente información me la dio Michael y me dejó congelada: el último domicilio conocido de Milada Hossa era Cavallers, 2 pta.4, en Lleida. Ya sabíamos hacia donde dirigirnos, pero algo me decía que a esa casa debía entrar sola.

Me costó convercerles, sobre todo a Michael, pero finalmente me salí con la mía. Me espararían cerca pero a Cavallers entraría yo sola. Y lo cierto es que no hizo falta entrar. Cuando llegué al portal sentí que el timbre que tenía que accionar estaba en el edificio de enfrente, una finca más grande, aunque algo destartalada, que tenía la puerta abierta. Entré y me encontré con una mujer mayor en lo que debía ser una de las pocas porterías activas del casco antiguo de Lleida: “vengo buscando a la vecina del 5, me manda su amiga Milada, la chica que vivía enfrente”. Me oí decir a mí misma, como si mi voz no saliera de mi garganta, sino de lo más profundo de mi estómago. “La dona que voste busca no està ara. Si vol em pot deixar el seu telefon i jo li donaré l’avís” me dijo en un catalán de toda la vida que había sospechado mi origen. “No passa res, l’esperaré”. Le contesté, pensando que debía ser prudente. A pocos pasos del número 5 había una cafetería con terrraza así que me senté a esperar y comuniqué al grupo que la cosa podía ir para largo. Pero no fue así, a los 15 minutos sentí algo extraño al ver a una mujer que llegaba cargada con la bolsa de la compra y se pedía un cortado mientras charlaba animadamente con un camarero a quien parecía conocer bien.

Arrastrada por una fuerza que no era mía, me dirigí hacia ella y me presenté: me llamo Celia, soy amiga de Milada Hossa. A la mujer se le iluminó la cara, con un destello auténtico que alejó de mi toda sospecha: “¿Está bien?”, me preguntó. “Desapareció de repente y no supimos nada más de ella” añadió. En ese mismo momento yo supe que Milada estaba muerta y que desde dentro de mi cuerpo, lloraba desconsoladamente, ante el rostro de su amiga. No me dio tiempo a contestar, el rictus de mi cara debió ser suficientemente claro como para preocupar a aquella mujer que tomó asiento frente a mi sin quitarme de encima la mirada, agarrando sus pupilas a las mías, en un esfuerzo desesperado para no escuchar lo que yo parecía a punto de decir pero no dije. “La verdad es que no lo sé” le contesté. Siéntese que voy a explicarle quién soy y porque he venido.

Tras una larga charla donde lo único que omití era mi condición de bruja, empecé a recibir de Antonia la información que esperaba. Milada trabajaba para una fábrica de productos químicos y había conocido a un chico valenciano con el que tenía un romance, no sabe si serio o no. Todo había cambiado en la vida de esta mujer desde que viajó a México, hace ahora más o menos año y medio. Allí ella descubrió algo sobre su empresa que motivó su despido voluntario. Lo dejó todo de un día para otro: “Me dijo que se iba a Valencia a vivir con aquel chico, pero que me llamaría”. Esa llamada no se había producido y hace ya meses que Antonia la esperaba.

Mientras yo hablaba con Antonia, Michael no había estado quieto esperándome. Eso debí sospecharlo. Michael había conseguido una cita con el gerente de Crobisole con la excusa de un reportaje a pymes que habían empezado a exportar en los últimos años. Una vez más Adela se iba a hacer pasar por una periodista, esta vez, de una TV americana, para solicitarle una entrevista al gerente de Crobisole. La idea era que Adela le hiciera confesar todo lo que sabía delante de una cámara. Oriol se había encargado de conectar con unos viejos amigos de Barcelona que tenían una productora de vídeo y que le explicaron dónde alquilar una cámara. La visita a la empresa se había concertado para mañana a las 13.00 horas, en un polígono a las afueras de Lleida. Adela necesitaba concentrarse, así que decidió abandonar el grupo e irse de rebajas. Nos pidió que la recogiéramos mañana a las 11 horas en la puerta del Ayuntamiento. Y allí me quedé yo, en compañía de Michael y Oriol y con Milada llorando dentro de mí.

Cuando recogimos a Adela estaba radiante. Llevaba un traje chaqueta-pantalón de lino blanco muy fino y un top negro de licra que se pegaba perfectamente a su delgado cuerpo. Oriol no pudo más que sonreir ante su imagen tan serena. Michael estaba también tranquilo y a mí no me llegaba la camisa al cuerpo. Pude indicarles el camino con exactitud. Yo no necesitaba el GPS porque llevaba a Milada dentro. Cuando llegamos a la puerta de la empresa di un respingo. El conserje me miró como si me conociera. Adela nos presentó como los productores: Michael y yo estábamos en un segundo plano. El gerente de Crobisole era un hombre delgado, también atractivo, de piel extraordinariamente blanca. Tenía ojos de listo, una mirada fría que contrastaba con su gestualidad amable. Había, en su forma de moverse, algo eléctrico, una especie de magnetismo amenazante.

Me pregunté si Adela sería capaz de embrujarlo. Los hechizos no siempre funcionan y aquel parecía un tipo difícil. Haría falta un cruce específico de miradas. Observé como Pedro Arcilla, el gerente de Crobisole, fijaba su mirada en el culo de Adela, justo en el momento en que ella sacaba de la bolsa un micro de corbata. Adela pareció adivinar que ese era el instante clave y se giró bruscamente, clavando sus ojos verdes en aquella mirada gélida del hombre que en ese momento se convirtió en su blanco. “Lo tiene”, pensé para mis adentros. “Lo tiene”, le dije a Milada con una voz que nunca saldría de mi garganta.

Oriol preparó el set y se entretuvo bastante en la elección del plano. Michael también intervino. Todo parecía de lo más normal. Y tras las preguntas introductorias de rigor empezó el baile. ¿Quiero que me diga que le ha sucedido a Milada Hossa y a su novio Oriol? “Tuvimos que matarlos” afirmó Pedro Arcilla con la misma tranquilidad con la que minutos antes nos había proporcionado las cifras de exportación de la empresa. ¿Por qué? Le pregunto Adela, como si la información que estuviera recibiendo fuera de lo más ortodoxa. “Milada descubrió, en su viaje a México, que un defecto en nuestra laca de uñas era el responsable de la dermatitis atópica de un centenar de niños nacidos el año pasado. No me pregunten como lo averiguó. Aún no lo entiendo. Estaba decidida a denunciarnos, asesorada por el ecologista de su novio. Tuvimos que matarles” añadió Pedro Arcilla mientras miraba fíjamente a la cámara y ponía esa cara rara que viene a decir que algo no le encaja a quien lo tiene todo bajo control.

Cuando escuché su última frase senti en mi interior un vacío enorme. Como si Milada me hubiera abandonado de pronto. Me sacó de ese estado el sonido del teléfono en la mesa del despacho del señor gerente. El conserje le avisaba de que la empresa estaba rodeada por la policía nacional que requería su presencia. Lo que más me impactó es que en ese momento Oriol sacó un arma y le disparó un tiro en la frente a aquel desalmado. Dos segundo después, Adela, sin mediar palabra, se convirtió en gaviota y salió volando por la ventana. Pobre Simone, pensé: “los ha vuelto a perder a los dos”. Por fortuna, Michael seguía ahí cuando entró la policía. Justo a tiempo para sujetarme a mí del brazo. Todavía no hemos podido explicar a las autoridades, de quien ese la voz de la mujer que aparece en la cinta haciendo las preguntas. No acaban de creerse que esa voz sea la mía pero la grabación de Pedro Arcilla no deja lugar a dudas. Desde entonces, yo bajo cada tarde a la playa, a esperar a Adela.

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