Lleida_56

Desperté de la siesta con una idea fija en la cabeza: “hemos de ir a Lleida” le dije a Michael que ya hacía rato que estaba despierto, rescostado en la cama, con su tablet en la mano. “Hemos de localizar donde vivía Milada Hossa mientras trabajaba allí” le dije a continuación. Hablar con quienes la conocieron en vida. Michael estaba de acuerdo. Así que no tardamos nada en buscar un coche de alquiler y comunicar al grupo cuál eran nuestros planes. Adela y Oriol se apuntaron al viaje: Oriol tenía una furgoneta algo vieja que podía servir, lo mejor era no dejar rastro de nuestros movimientos. A Oriol lo habían matado, así que quienes trataran de averiguar qué había sucedido también estaban en peligro.

En una hora, Adela y Oriol pasarían a recogernos. Y lo hicieron con puntualidad británica. Nada más subir a aquella vieja furgoneta sentí, de nuevo, la presencia de una mujer joven en mi cuerpo que me decía: Gracias. No acerté a saber si estaba viva o muerta. Sólo que me daba las gracias por emprender ese viaje.

Conducía Oriol y Michael iba escuadriñando en su tablet los registros mercantiles de la provincia de Lleida: Crobisole no sólo fabricaba pesticidas, sino también productos cosméticos sobre todo destinados al mercado femenino: lacas de uñas, perfumes, maquillajes, etc. Exportaba a EEUU y a algunos países de América del Sur. Camino de Lleida nos llamó Simone. Se había hecho pasar por el juez de instrucción y solicitado por escrito, al banco de Oriol, un extracto de los movimientos bancarios del chico. Lo último que Oriol pagó con su tarjeta, relacionaba al chaval con la ciudad de Lleida: los peajes de la autopista Barcelona-Valencia y un restaurant en el casco antiguo de Lleida. No íbamos mal encaminados. Cuando paramos a tomar un café les confesé a mis acompañantes que sentía que Milada estaba dentro de mi cuerpo y que lo mejor que podíamos hacer era hacerle caso a mis intuiciones.

Mientras el paisaje corría por la ventanilla, me venía a la cabeza la conversación con Simone en su casa de Almedijar. Parece que todo tiene que ver con el tiempo. De repente, me acordé de aquel álbum de Maria del Mar Bonet, que llevaba por título “el correr del temps”. Mi canción favorita era “alenar” porque en ella la Bonet se refería a una de mis calles favoritas en Valencia: el carrer Cavallers.  Mientras me venía a la cabeza la imagen del carrer de Cavallers sentí un escalofrío: Michael, por favor, -le pedí a mi compañero de asiento con cara de susto- puedes mirar si en Lleida hay alguna calle que se llame “Cavallers”. Su respuesta me dejó congelada. En Lleida, en el casco antiguo, había un carrer Cavallers. A continuación Adela se puso en contacto con Simone para saber si aquel restaurante en el que había cenado Oriol estaba cerca de esa calle.

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