Efecto verano

“Y a toda esta tristeza, habrá que descontarle el efecto verano”.

 

Agosto, 1

Todo empezó por un malentendido. Él le había pedido el móvil para ampliar su lista de contactos a la hora de promocionar sus conciertos: “mandas 1000 sms y viene 100” había sido la frase revelación. Y ella, ajena a las microestrategias de marketing, había tomado aquel descaro como una muestra de interés. Esa era la versión oficial. A Celia, le sorprendió, una vez más, la habilidad de los hombres para quedar como que nunca han roto un plato: “La que había confundido las cosas era ella”. En fin,  lo mejor era aceptar sin dilación esta versión benevolente con el género masculino y pasar a otra cosa.

Lo peor de aquel verano era que, en la trastienda de todos estos malos entendidos, estaba la vuelta al escenario del crimen. La obligación de pasar el agosto en el pueblo de su madre donde no hay piedra que no te cuente algo de ti misma. Pensó que lo mejor sería empezar a estirar de la madeja, coger el coche, y subir hasta allí sin más debate. Entre desmonte y remonte conseguiríamos que llegara el otoño.

 

Agosto, 4

No hay nada como una cocina grande. La de la vieja casa familiar, tenía, además, la virtud de disponer de una gran mesa junto al ventanal. Era un óvalo de madera maciza y oscura, marcado por los golpes de miles de tazas. A Celia siempre le intrigaron esas huellas.

Allí solía sentarse la abuela Eladia a coser. En el pueblo se decía que todo había sucedido porque Eladia era bruja. En realidad, se decía que todas las mujeres de su familia lo eran o lo habían sido.“Ten cuidado con lo que deseas – le dijo un día la abuela Eladia- algunas veces se cumple”.  Es toda la evidencia que Celia había podido encontrar de la brujería de la abuela.

La abuela debía ser la responsable de esa arriesgada tendencia suya a tratar de hacer realidad los sueños. ¿Y por qué no? era la pregunta que acaba convirtiéndose en la espita de un curso de acción siempre imprevisible. Era sencilla pero demoledora. Celia no podía oponer ninguna resistencia si la poderosa pregunta aparecía en su cabeza. Quizás era una fijación materna, que pasaba de madres a hijas, con la misma consistencia genética que el cobre de sus cabellos. “Mi madre se pasó la vida diciéndonos que soñar no costaba dinero” pensó Celia en el instante en el que, por fin, podía dar un sorbo al té ardiendo de su inseparable taza. Aquella frase sonaba a justificación ante la severa mirada de un marido que censuraba cualquier gasto. Quizás por eso a Celia le importaba tres pitos el dinero y en ocasiones era capaz de dar la vida por un sueño. Entre piedra, costura. cocina y sueños habían pasado la abuela Eladia y ella, su primera semana juntas.

 

 

 

Agosto, 8

El último sueño había sido una cena a la orilla del mar con aquel músico que resultó ser un tipo que simplemente buscaba una aventura. El preámbulo del encuentro fue un mes largo de esporádicos mensajes de móvil entre dos desconocidos. Y un…¿por qué no?… en la cabeza de Celia.

A ella le había sorprendido la mirada de aquel hombre la primera y única vez que lo vio. Eran los ojos de alguien que amaba la vida. Como es habitual con las personas de mirada ardiente, la vida también le amaba a él. Se le veía un hombre feliz. Aquellos ojos sonrientes y descarados parecían condensar algo de una forma de vivir que Celia asociaba, errónea o acertadamente, con el Mediterráneo. Desde entonces, había recordado aquella mirada cada vez que se acercaba a la orilla del  mar. El olor a salitre y el tacto de la arena se convirtieron en aliados del recuerdo fugaz de unos ojos. Y… había querido la vida que Celia pasara las últimas semanas de julio jugando a la oca, de playa en playa, por las costas de España.

Todo esto pasaba por su cabeza mientras bajaba en coche desde Els Ports hacia València y un poema de Salvat Papasseit rugía por los altavoces del vehículo. “Increible -pensó casi con un sobresalto- cuánto tiempo sin escuchar esto. La voz era la de Ovidi Montllor y decía así: “Fem l’escamot dels qui mai no reculen i sols un bes els pot fer presoners” recitaba Ovidi con una armonía entre surrealista y épica.“Fem l’escamot dels qui trenquen les reixes i no els fa caure sinó un altre bes. Fem l’escamot dels soldats d’avantguarda: el primer bes que se’ns doni als primers”.

Papasseit había escrito este poema en 1922, bajo el título genérico de “La Gesta dels Estels”. Celia pensó que esta gesta bien valía una cena, en París, en Cullera o dónde fuera. Y se sintió cómoda con la idea de haber invitado a cenar a un desconocido. Se recordó a sí misma quince años atrás, en aquel piso del Portal de Valldigna, en pleno centro de la Ciutat Vella. Una buhardilla a la que llegó con apenas 26 años y desde la que empezó descubrir esa ciudad  íntima, seductora, recóndita que la conquistaría para siempre. “Algunas cosas habían cambiado mucho desde entonces, pero otras no habían cambiado nada” pensó mientras pagaba el peaje en Sagunto. Ella seguía perteneciendo a ese batallón de vanguardia al que Papasseit rindió honores. Con lo bueno y,  con lo malo, de ese tipo de pertenencias.

Papasseit la había puesto de nuevo a pensar en su manera de afrontar el mundo de los afectos. ¿Qué es lo que conectaba el deseo y la voluntad? ¿Por qué a veces el deseo conecta directamente con la voluntad y otras no? ¿Qué hubiera necesitado Celia para acabar la noche haciendo el amor con ese hombre de mirada ardiente? Celia se preguntaba por sus propios sentimientos pero en realidad estaba interrogando al mundo. Quería comprenderse a sí misma para entender a los otros. Pero los otros… “los otros”, eran siempre tan diversos y distintos…Y en ese momento sonó el móvil. No debía cogerlo pero lo hizo: “Tu abuela Eladia se ha caído y la han llevado a urgencias” sonó la voz de Ramona, su vecina. “Caray… que veranito” soltó Celia sin pensar que Ramona seguía al otro lado del teléfono. Tendría que volver a la montaña nada más pisar la ciudad.

 

Agosto, 13

Había bajado para una noche pero apenas se quedaría en Valencia un par de horas. La abuela Eladia estaba bien, pero ella quería volver y saber qué había pasado. Aún así, tenía que recoger en su casa unas cuantas cosas. Cuando aparcó su coche frente al Mercado Central y empezó a caminar hacia la plaza del Collado supo por qué deseaba tan intensamente que llegara el otoño. Adoraba las calles del barrio del mercat, su ritmo vital: el horno, la ferretería, el libanés, el kiosco… Y, como no, el olivo y la terraza del Lisboa. Se sentía libre caminando hacia su pequeño apartamento. Subió esa escalera de caracol que desde arriba parecía una escultura y al entrar en su casa no pudo evitar una sonrisa: ese era su espacio, su rincón, allí vivía ella consigo misma, y con ese “mico en el pescante” que diría Gloria Fuertes.

La luz entraba por los tres grandes balcones tamizada por las persianas de madera. En el pequeño futón rojo se habían quedado algunos libros que no cupieron en la maleta y un vaso en el que apuró un último gin tónic. Todo invitaba al reencuentro íntimo y personal. Se fue quitando la ropa sin darse cuenta de que tenía poco tiempo. Hacia calor y unas gotas de sudor recorrieron su espalda. Sintió su sexo mojado y adivinó la presencia de un recuerdo. Se acarició los pechos y cerró los ojos camino de la ducha. Untó con aceite todo su cuerpo. Le gustaba la tonalidad que adquiría la piel, su brillo, su aroma a té verde. Buscó con sus manos la forma de su vientre y se detuvo allí. Sintió el mar entre sus piernas y la espuma de las olas romper contra su sexo. El deseo se fundió con el agua que corría hacia abajo, en loca carrera, hasta perderse en las entrañas de la ciudad.

Tenía que volver.

 

Agosto, 18

Eran más de dos horas de camino hasta llegar al pueblo, pero el tiempo pasaba volando desde que el coche abandonaba la autovía y se dirigía hacia la sierra. Celia lo tenía comprobado: el rojo de la tierra, los ocres de los bancales de piedra, las infinitas tonalidades de verde, eran un bálsamo para su alma. Podía llegar como fuera a ese punto, pero sabía que una vez cogidas las primeras carreteras comarcales todo sería renacer. Al llegar decidió aparcar el coche en las antiguas eras y caminó por las calles empedradas hasta la puerta de la casa familiar. Si podía, evitaba entrar con su coche por las estrechas calles del pueblo.

La subida a pie hasta lo más alto del pueblo la ponía en su sitio. Como si caminara por los adoquines de su propia historia. La abuela Eladia estaba bien. Sólo se había roto una costilla. Se cayó cuando caminaba por un bancal de almendros al que acudía cada tarde, sin faltar ni un sólo día, desde el día en que la obligaron a abandonar la escuela. La abuela Eladia había sido maestra. Pero maestra de las de verdad, de las que se emocionan con la mirada de un niño, de las que adivinan los apuros familiares en el rictus apagado de una madre, de las que saben que educar es abrir el camino hacia la emancipación de los sujetos. Ella misma había vivido abiertamente y en libertad sus sentimientos.

Pero la vida la hizo una mujer solitaria y silenciosa. Nunca nadie, ni su hija, la madre de Celia, le había perdonado su historia de amor con aquel cirujano y mucho menos su trágico final. Celia siempre había querido hablar del amor con la abuela Eladia. Y también de aquella enigmática historia, pero nunca había reunido la energía suficiente.

 

 

Agosto, 21

Estaba lloviendo a cántaros y la abuela Eladia cosía junto a la ventana. No había dejado nunca de coser. A Celia le recordó la imagen probable de una Penélope que hila mientras espera a Ulises. Y algo de eso había. Sin embargo, ante la abuela Eladia una tenía la sensación de estar frente a alguien que había protagonizado su propio viaje a Itaca. Celia se atrevió con la pregunta: “Abuela, siempre he querido hablar contigo del significado del amor”. Eladia sonrió con ese gesto amable que le iluminaba la cara y levantó lentamente la vista de las pequeñas cortinas de algodón que estaba reparando.

“Celia, filla, si hi ha alguna paraula que no sabem qué significa aquesta és amor” “Tenía razón la abuela. Como siempre”  pensó Celia: la verdad es que más que una palabra era  una pantalla de humo. “Sí, abuela, estic segura de que tens raó pero tot el món diu que tú vares malbaratar la teua vida per l’amor d’un home”. La carcajada de la abuela Eladia se escuchó en toda la casa, y más allá de la casa: en el campanario, en las eras, en el camino que bajaba a la huerta del tío Oracio, en el lavadero donde lavaba Virginia, en el pozo, en la peña blanca y en la cueva en la que encontraron el cuerpo sin vida del cirujano.

 

 

Agosto, 22

Aquella tarde de lluvia fue una tarde de palabras. La abuela Eladia lo tenía muy claro. No había amor, había deseo y complicidad. El deseo era lo que hacía que rompiéramos barreras, nos acercáramos a los otros, buscáramos la conjunción de nuestros cuerpos. La complicidad era cosa del alma: venía, si había suerte, después del deseo y era lo que hacía que dos personas permanecieran unidas durante un tiempo. A veces durante mucho tiempo. A Celia le pareció la explicación más convincente que había escuchado jamás. Después la abuela le habló de distintos tipos de complicidad. Aquella que mantiene a las personas unidas por un proyecto, y otra más sutil, que se engancha del ariete de las pequeñas cosas que se hacen en común. Las dos sirven pero la segunda es más segura y placentera, según la abuela. Celia se quedó muy sorprendida al comprobar que la abuela Eladia tenía un pensamiento tan elaborado respecto a estos asuntos. Ella que pensaba que la abuela no perdía su tiempo en estas cosas… A la abuela Eladia se la veía feliz y decidieron hacer una de sus excursiones favoritas: Bajar a comer a la terraza del hotel Voramar, en Benicassim.

 

Agosto, 23

El Voramar era, probablemente, uno de los hoteles más antiguos a orillas del Mediterráneo. La abuela Eladia se sabía toda la historia del Hotel porque en su juventud había sido amiga del dueño. En su terraza se estrenaron las primeras minifaldas de la zona ante la mirada crítica de la sociedad franquista. Todo eso en los sesenta claro, cuando la abuela Eladia decidió romper sus cadenas por el amor de ese cirujano que según muchos le había arruinado la vida. Durante la comida en la terraza del Voramar, la abuela le contó miles de historias suculentas: su amistad con Maria del Mar Bonet, que se fraguó precisamente allí, su historia de amor con un trompetista de jazz, los reproches de su madre, las sandalias de plataforma que le permitían mirar a los chicos del pueblo, y también al alcalde, por encima del hombro. En fin, muchos de los momentos maravillosos de su empeño por encontrar la libertad habían transcurrido en el Voramar. Allí conoció a Agustín, el cirujano: uno de los primeros que había realizado en España operaciones a corazón abierto.  Eso era todo lo que Celia sabía de él, además de los pormenores de su muerte.

Decidieron alojarse esa noche en el hotel y mientras la abuela Eladia descansaba en una de las habitaciones, Celia se decidió a dar un paseo por la playa. Y fue exactamente en ese mismo instante cuando se le ocurrió la locura de escribirle un mensaje a ese músico desconocido con el que ya había cenado una vez:  “Qué haces esta noche. Te invito a hacer el amor” escribió, sin dudarlo, en la pequeña pantalla del móvil. No hubo respuesta. A Celia no le importó. La no respuesta era un posibilidad que había contemplado desde el principio. “Habrá pensado que estoy loca” se dijo para sus adentros. Esa noche Celia y la abuela Eladia contemplaron las lágrimas de San Lorenzo caer sobre la playa. Y muy pronto, por la mañana, salieron de nuevo rumbo a las montañas.

 

Agosto, 25

Y aquel músico desconocido sí respondió. “Ce n’est pas possible, au revoir, cherie” fueron sus palabras. A Celia le agradó la naturalidad de su respuesta. Estaba a la altura del atrevimiento de la invitación. Lo sorprendente es que esas palabras llegaron por un camino poco común. A través de un blog en el que Celia escribía una especie de diario íntimo en el que era difícil distinguir qué era vida y qué literatura.¡Una confusión nada especial! pensó Celia mientras tecleaba una nueva entrada de su blog: ¿Quién tiene clara esa frontera entre acción y sueño? Hoy había soñado que su madre se moría y aún así la miraba después de muerta, con una mirada tierna y cómplice, como si su muerte fuera mentira. “¡Qué potencia tiene el vínculo con un madre!” dijo Celia en voz alta, sin darse cuenta de la abuela Eladia había dejado de coser y la observaba como tecleaba en su pequeño ordenador portatil.

Al instante, la abuela sonrió de nuevo, con ese brillo en los ojos, tan suyo…esa mirada que venía a explicar que algo del mundo de los humanos había conseguido, por fin, despertar su interés. “Si Celia, el vincle amb la mare té una potència brutal. No tan sols per al fill o la filla. També per al home que primer és company i després es converteix en pare. També per la dona que primer és mare i després es transforma en iaia. En realitat vivim en un matriarcat absolut on les dones som considerades les guardianes i les creadores d’una mena de essència genealògica. Una tasca que es un privilegi pel que suposa l’experiència de donar a llum,  pero que és també una pressó. Una espasa de Damocles que cau damunt de la dona que s’atreveix a trencar el camí previst per la petjada genealògica”.

“¡Caray con la abuela Eladia!” pensó Celia. Lo cierto es que desde esa perspectiva, la que pensaba el mundo como una cadena biológica, se podían entender muchas de las reacciones de violencia hacia las mujeres. Los hombres que abrazan esa concepción genealógica del mundo difícilmente podrán admitir que su mujer rompa el status quo familiar y decida vivir sola o lo que es peor, montar una nueva familia.

“Afortunadament les coses estan canviat” dijo de pronto la abuela Eladia mientras volvía  a la costura: “Poc a poc, tan homes com dones van superant eixa visió biologista de la vida i li donen cada volta més importància als lligams que ells han triat per sí mateixa” concluyó la abuela Eladia dando por zanjado el tema.

Pero Celia no estaba del todo convencida: “No creec, iaia. Et veig massa optimista. La qüestió més intrigant per a mi, és una molt sencilla: Per qué els canvis socials més importants és produixen abans en el terreny de la vida privada que en la vida pública? Es que no hi ha espai per a la innovació col.lectiva? Tot l’hem de fer en el reduit espai de les nostres vides particulars?”.

La abuela Eladia sonrió pero no dijo nada. Ella sabía por qué sonreía. Cuando su hija tenía apenas tres años, se enamoró de un cirujano hasta las trancas y decidió que no podía seguir con el fraude de una vida en común que no era plena. Eladia se separó de su marido Vicent y siguió de maestra en el pueblo. El cirujano siguió con su vida en València, con su mujer y con sus dos hijas. A la iaia Eladia le costó dios y ayuda seguir de maestra en el pueblo. En su época no estaba claro que una mujer que había decidido separarse fuera considerada “apta” para dar clase a los niños y niñas del pueblo. ¡Qué calvario debió de pasar la abuela!

“Iaia. Per cert….” dijo Celia cambiando de tema: “Et vens en mi a Madrid  a vore el concert que Leonard Cohen? Acabe de comprar per internet dues entradas pensant en anar amb companyia però encara no he convidat a ningú”. Un viaje a Madrid para escuchar a Leonard Cohen no estaba mal como plan para cierre del verano pero Celia tendría que ir sola. La abuela Eliada respondió sin dudarlo: “Es una invitació temptadora però ja estic major. Em costa molt anar a puestos on és segur que es congrerarà molta gent”. “T’entec perfectamente, iaia. Fins i tot a mi em dona una mica d’agonia sentir a Cohen a un estadi sportiu” respondió Celia mientras buscaba en youtube uno de los temas de Cohen que más le gustaba.

 

 

Agosto, 28

Hacía tanto calor que hasta en el pueblo cantaban las chicharras. Estábamos terminando el mes de agosto y Celia se había quedado sin palabras. Sucedió de repente y no sabía explicar por qué. La abuela Eladia parecía no darse cuenta. O quizás si se dió cuenta y por eso fue ella quien sacó el tema: “Hoy hace 40 años que encontraron a Agustín muerto en la cueva de la Peña Blanca” Lo primero que le sorprendió a Celia fue escuchar a la abuela Eladia hablar en castellano. La iaia sólo hablaba castellano cuando quería distanciarse de los hechos. Para ella era como poner una frontera entre el mundo y su alma. ¿Qué pasó aquel día, abuela? Pregunto Celia. Nada y todo, respondió la abuela.

Agustín apareció muy desmejorado. Hacía más de seis meses que no le veía ni sabía nada de él. Se presentó sin avisar en mi casa. Como muchas otras veces y me pidió que le acompañara a dar un paseo por los bancales hasta la peña blanca. Al poco de iniciar el camino me dio la terrible noticia: le habían diagnosticado un cáncer de páncreas en estado muy avanzado. No tenía curación. Cuando recuperé la respiración, pensé por un momento, que había decidido acabar sus días conmigo. Pero no era así.

Como otras veces hicimos el amor el pozo de los gitanos que hay bajo de la cueva de la Peña Blanca. Desee con todas mis fuerzas que no se fuera ya nunca, que se quedara conmigo aunque fuera para sufrir. Pero él se empeñó en que tenía que volver e insistió en que yo me fuera delante con el argumento de que prefería evitar la despedida en la puerta de su coche. Tuve una intuición extraña, pero no acabé de hacerle caso a ese pálpito. Seguí sus instrucciones y volví a casa. El resto ya lo sabes: Octavio lo encontró a los tres días muerto en la cueva y con el cuerpo desfigurado. A mi me acusaron de asesinato. Tu madre se fue a vivir con su padre y yo perdí mi trabajo en la escuela.

Así lo contaba la abuela. Como si los acontecimientos fueran las morcillas que colgaban de la despensa tras la última matanza. Sólo que el hilo que las unía lo había tejido el diablo. “El diablo y las habladurías de una sociedad que se resistía a admitir que yo hubiera decidido ser libre” añadió la abuela cuando yo hice mención a mis pensamientos. “Sí abuela –respondí yo- pero Agustín también habría podido elegir otro lugar para quitarse la vida”. La autopsia había demostrado que Agustín murió envenenado. Había decidido acabar con su vida y como era médico sabía cómo hacerlo. Costó un largo juicio demostrar que la abuela era inocente y que Agustín se había suicidado. Finalmente fue aquel trompetista de jazz el que sacó la pieza clave: una carta que Agustín había depositado ante notario.

“Pues, sí Celia, sí. He pasado la vida tratando de explicarme esa decisión de Agustín-Primero pensé que era amor y finalmente he llegado a la conclusión de que hay personas que aún muertas quieren seguir dominando la escena”.

Después de aquella confesión, una buena idea era ponerse a cocinar. Celia prepararía una tortilla de verduras para esta noche: pimientos y calabacines de la huerta del tío Octavio llevaban varios días en la nevera esperando un destino mejor. Y la abuela cocinó una torta de hojaldre y espinacas, y luego hizo mermelada de tomate, y a la mañana siguiente conserva de melocotón y tabulé. Y por la tarde una torta de yogurt y helado de limón. Al día siguiente se bajaron a Valencia: había decidido ir a comprar juntas al Mercado Central. Y la abuela se quedaría unos días en el piso de Celia: “Habíamos sobrevivido al verano”.

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