Elena o el tránsito de Venus

 Un Tránsito de Venus es el paso de Venus por delante del Sol, visto desde la Tierra”.

(Wikipedia, enciclopedia libre)

Cap I

“El día que las mujeres se pusieron a pensar se trastocó el mundo”. Llegó a esa conclusión mientras se cepillaba los dientes en el cuarto de baño del pequeño apartamento en el que vivía con su hija. Celia se había levantado con una idea fija: “Meterse de lleno, con el capazo de rafia, en la boca del gran Mercado Central”. “¿Emancipados pero con lengua?”, aún sonaban en su cabeza las atrevidas palabras que habían llegado, tan sólo un par de minutos antes, por sms. Una de esas microconversaciones que hoy resumen el estado del mundo. “No guapo. Emancipados con un par de ovarios”, había respondido Celia. Pero esa era otra historia que podía esperar, así que siguió con su idea fija, rumbo al Mercado.

Era un sábado de diciembre, a pocos días de la Navidad, y el barrio del Mercat bullía como una gran olla. Se acordó de que tenía que pasar por la óptica a recoger unas gafas nuevas, con las que, ¡por fin!, podría ir al cine. Eran unas gafas de color verde brillante, pequeñas pero contundentes, que se decidió a comprar la semana pasada, después de tres años de haber perdido las últimas. “¿Tres años sin ir al cine? Pues casi sí, pero es que en esos tres años había pasado de todo”, se dijo para sus adentros en tono de justificación.

La escena en la óptica no tenía desperdicio. Mientras ella esperaba que le ajustaran las gafas, un padre se probaba distintas lentes delante de su hija. El hombre pasaba los cincuenta pero conservaba cierto atractivo. La dependienta, una rubia con mechas que tendría su misma edad, le enseñaba distintos modelos de gafas, pero no acertaba con ninguna. La hija de aquel estupendo señor tenía claro que todas esas gafas eran demasiado modernas para su padre. La dependienta —que debía estar pensando lo mismo que Celia—­­­ dijo con un cierto tono de desesperación: “¿Qué no ves a papá con ninguna de éstas? Pues si está muy mono”. A Celia le sorprendió que utilizara ese adjetivo. Tenía que haber dicho ‘guapo’ porque lo de ‘mono’ sonaba de un mojigato insoportable. “¿Por qué se empeñaría esa hija en que su padre no estuviera guapo? ¿Quería apartarlo de la posibilidad de sentirse sexualmente activo? ¿Era un incesto encubierto, un complejo de Edipo o estaba defendiendo a su madre?”, se preguntaba Celia.

No tenía pinta de ser un trasgresor, el padre de aquella chica, pero quizás lo fuera. Quizás era uno de tantos hombres maduros que intercambia mensajes de móvil con una o varias mujeres, eso sí, teniendo muy claro que no se separarán nunca de la madre de aquella jovencita, con la que han construido un mundo muy ordenado. Aquel hombre se empezó a poner nervioso. Celia le sonrió, con el capazo en la mano. “Bueno, pues éstas”, dijo refiriéndose al par de gafas más clásico que había encima del mostrador. Sonó seco y resignado. Ante tamaña renuncia Celia dio un respingo: “¡qué pena! —pensó— otro que se abandona a los dictados de su hija. Hemos convertido a nuestros hijos en Dioses”. Y esa imagen de los hijos dioses empezó a crecer en su cabeza: “Nos despojamos de los corsés morales que imponía la Iglesia pero hemos caído en una tiranía mucho más absurda y más fuerte: la de nuestros hijos. Y claro, así van los chicos y las chicas de despistados por la vida, convertidos en Dioses, ejerciendo un poder inmenso sobre la vida de los adultos. Un poder invisible, que pocos se atreverán a admitir”.

Celia tenía una hija de 10 años y sabía de lo que hablaba: “madre sí, esclava no” se repetía a sí misma una y mil veces. Aún así, era difícil, en el ambiente general estaba instalada la locura: “todo vale menos que ellos sufran”. Despistada como iba, casi se choca de bruces con el cocinero del Centre Octubre que pasaba en ese momento, con el carro de la compra, por la acera de la calle Derechos: “Celia, filla, estàs desperta?”.

Cap II

Elena se levantó como casi todos los días del último mes: con dolor de espalda. Y es que llevaba semanas durmiendo sólo a ratos. Son 54 años recién cumplidos y está cansada de aguantar la farsa. Su marido esta noche tampoco ha dormido en casa. “Me quedo en Alicante, he acabado muy tarde. Besos, guapa”, fue el mensaje que recibió poco antes de la media noche. “Muy bien. Que descanses”, contestó ella con elegancia. Sin embargo, tras 20 años de casados ya no le daban gato por liebre. “¿Quién sería esta vez?” Hacía ya mucho tiempo que ni se lo preguntaba.

Lo bueno que tenía el dolor de espalda es que se pasaba con una ducha caliente. Así que sin dudarlo se metió en el cuarto de baño y abrió el grifo a tope. ¡Qué sensación más agradable! Se acarició los pechos y sonrió. Con el tiempo sus pechos había ido aumentando de tamaño y eran cada vez más apetecibles. Sobre todo bajo la ducha de agua caliente. Se recordó a sí misma con quince años: ¡Qué envidia le daba su amiga Alicia! ¡Ella sí tenía “tetas”!, que era como se llamaban entonces. Elena se pasó todo un invierno sin salir de casa, esperando que sus pechos aumentaran. Y claro, en escasos cinco meses sufrieron pocos cambios. Lo que es la vida, pensó, su amiga del alma había ido menguando y ella en cambio… Empezó a untarse el cuerpo con aceite de almendras. Sus muslos y sus pantorrillas tampoco estaban mal. Lo peor era el vientre: parir no es moco de pavo. Pero, claro, en el postparto se había dedicado a estudiar la oposición a bibliotecaria y entre libros y pañales ponerse la crema antiestrías era pura ficción.

Se dirigió a la cocina para desayunar en silencio. Era su lugar favorito. Le encantaba cocinar. A veces, con cierta tristeza, había pensado que su marido nunca la abandonaría porque nadie era capaz de guisar como ella. Recordaba ahora cuando reformaron la casa. Los desayunos de los domingos, con los niños revoloteando por ahí, y las tostadas de mantequilla alemana y mermelada casera. En realidad, habían sido felices. Quizás toda vía lo fueran. Después de todo, ¿en qué consiste la felicidad? “En un desayuno sin prisas”. Esa era la frase talismán que Juan y ella habían hecho valer durante mucho tiempo, cuando los dos se sentían el centro del mundo.

Estaba segura de que Juan la quería. Bueno, estaba segura de que la admiraba profundamente y se sentía perdido sin ella. A pesar de que una noche a la semana no durmiera en casa. ¡Qué más le daba! Al fin y al cabo ella también había tenido una historia con un compañero del trabajo. Pero pasó rápidamente, porque le resultaba insoportable llevar una doble vida. En ese instante sonaron las llaves en la puerta y era él. Juan entró con una sonrisa y le besó en los labios. “He salido pronto porque tenía ganas de verte”, afirmó con esa cara de pícaro que a Elena la desarmaba. Se quitó la chaqueta y se metió en la ducha.

Un minuto después sonó un mensaje en el móvil de Juan. Elena se quedó pensando y dudó: “¿Quería leerlo? Quizás sí”. Sacó el móvil de la chaqueta de Juan con la solemnidad de quien sabe que está iniciando una nueva vida y leyó el mensaje: “No, guapo. Emancipados con un par de ovarios”, había escrito alguien en la breve pantalla azul. Trató de recomponer la críptica frase, pero Juan había borrado todos los mensajes de la bandeja de entrada y de la de salida. Quien firmaba el mensaje se llamaba Celia. ¿Quién era Celia? No tenía ni idea. Anotó el número de teléfono y borró el mensaje, justo unos minutos antes de que Juan volviera a la cocina preguntándole amablemente: “¿La señora de la casa me invita a un café?” Efectivamente eso soy yo, pensó Elena, “la señora de la casa”, sin saber muy bien si ese apelativo le disgustaba o no.

Cap III

Al Mercado Central se puede entrar en cualquier estado de ánimo pero hay una cosa segura: se sale exultante de vitalidad. Eso lo sabía Celia a ciencia cierta. Se dirigió en primer lugar al puesto de verduras de aquellos dos ancianos que eran una personificación exacta de la huerta. Vicent y Encarna despachaban detrás de un mostrador que hacía las delicias de los turistas. Los pimientos rojos estaban más brillantes que nunca. Se fijó especialmente en un cajón de madera repleto de champiñones blancos y en unas berenjenas negras y apretadas que no sabía cómo cocinar. Los calabacines verdes bien ordenados, parecían rivalizar con los aguacates maduros y arrugados. “Las cosas nunca son lo que parecen” pensó mientras imaginaba el placer de comerse uno de esos feos aguacates con una pizca de sal y un buen chorro de aceite de oliva. Había más gente de la habitual porque era sábado. Tendría que esperar un poco.

Mientras observaba a Encarna, Celia imaginó su vida. Probablemente conoció a su marido, Vicent, en la verbena del pueblo, un agosto de hace ya más de medio siglo. Tras muchos años de noviazgo pudieron ahorrar lo suficiente para casarse y dieron el paso hacia la emancipación, porque entonces casarse era eso para muchas mujeres: salir de casa del padre para entrar en la del marido. Quizás, la misma noche de la boda, Encarna se dio cuenta de que Vicent no era lo que esperaba, pero entonces ya era demasiado tarde. Quizás a Vicent también le pasó algo parecido. Luego vinieron los niños y llenaron sus vida. Sin aquellos tres chiquillos, el día a día hubiera sido un suplicio, pero cuidarlos valía la pena y poco menos que Encarna se olvidó de que Vicent estaba a su lado.

Alguna vez pensó que él debía de ir de putas con su amigo Pep, cada jueves de esos en los que quedaban para jugar al truc y llegaba a casa de madrugada. De otra forma no podía explicarse ese olor a perfume ajeno y el hecho, no menos sospechoso, de que, por fin, la hubiera dejado tranquila. Algunas noches, cuando la casa ya se había quedado en silencio y ella cosía en el rincón de la salita, se acordaba de Oriol, aquel carnicero del Mercado que falleció prematuramente. Ese que pasaba por su parada cada día y le hacía reír con uno de sus chistes malos, nunca soeces, nunca sobre sexo. Oriol tenía unos ojos castaños y profundos y un acento catalán que nunca pudo disimular. A Encarna se le había quedado grabada su mirada delante de la hoguera, aquella noche de Sant Josep de hacía ya tanto tiempo. Mientras la falla del Mercat ardía, Oriol, conocido como “el català”, le dijo “t’estime, t’he estimat sempre”.

Aquellas palabras eran el principio de una historia triste: el padre de Encarna jamás admitió ni siquiera la idea de tenerle como yerno. Oriol habló con él, pero Don Nicolás, el hombre fuerte del Mercado por aquel entonces, le dijo que su hija jamás se casaría con un catalán. Oriol no fue suficientemente valiente para enfrentarse a una negativa que se sustentaba en un conflicto secular que le parecía tan absurdo.  Cuando se enteró, a Encarna se le cayó el mundo a los pies. Y también le cayeron dos lágrimas espesas, concentradas, que eran la expresión de su renuncia.

“Qué vols, xiqueta?”, le preguntó Encarna, con una mirada que confirmaba que todo aquello que Celia había imaginado, la historia construida con los retazos de sus esporádicas confesiones, era cierta. “Em posaràs una lletuga d’orella de burro, tres carabassetes, dos advocats que estiguen madurs i quatre tomaques ben roges”. “I la xiqueta, on està?”, preguntó Encarna mientras se dirigía hacia el montón de tomates. “Este cap de setmana està en son pare”, le respondió Celia. “I no et trobes a soles?”, le preguntó Encarna a Celia haciendo gala de la confianza que ya empezaban a tener. “A voltes, sí, Encarna, però els fills no poden ser l’únic motiu de la nostra vida”. La vendedora la miró a los ojos y le sonrió con complicidad: “Ai! xiqueta, és que ara tot es tan diferent!”. Y efectivamente lo era, pensó Celia para sus adentros: seguro que Encarna no había tenido que vivir pendiente de un móvil.

Justo en ese momento sonó el móvil de Celia en el fondo del capazo. Pero ella no tenía las manos libres. Mientras le daba a Encarna su número de cliente para que el repartidor del Mercado pudiera servir el pedido, el pequeño aparato dejó de sonar y mostró en la pantalla la llamada perdida de un número desconocido. “Adéu, Encarna”, se despidió Celia caminando hacia la charcutería que estaba justamente en la otra punta del Mercado. Como pagaba una barbaridad de móvil y no tenía ni idea de quién le llamaba, decidió esperar a que, fuera quien fuera, volviera a insistir.

Cap IV

Tenía que hacer unas compras para la cena de esa noche y Elena pensó que un paseo por el Mercado Central le vendría bien. Había intentado ponerse en contacto con la tal Celia sin éxito y no sabía bien si volvería a reunir el valor necesario para marcar ese número entero. Cogió el tranvía que le dejaría frente a las Torres de Serrano. ¿Quiénes serían los emancipados con un par de ovarios?, se preguntaba Elena, una y otra vez durante el trayecto.

Aquella vieja palabra, “emancipados”, era una especie de espoleta que la transportaba a lo largo de su vida sin remedio. Hacía ya tiempo que había aceptado que las cosas no eran tal y como las imaginó. Pero tampoco resultaba raro: “Al fin y al cabo, la vida es difícil de domesticar” pensó. Sin embargo, en su natural optimismo, algo fallaba últimamente. Tenía que aceptar que sufría. Se sentía incapaz de deshacer la madeja de amistades y complicidades tejida durante años con Juan, pero empezaba a sentirse ridícula en esa farsa. Cada vez más ridícula. “Hay una cosa que ellos parecen no entender —pensó— y es que las mujeres, lo intuimos todo. Es una comunicación directa que se establece entre los poros de nuestra piel y nuestro cerebro”. Elena había cortocircuitado intencionadamente esa corriente de información durante las últimas dos décadas y, sin embargo, ahora se restablecía implacable. Sentía en la piel el engaño sin tapujos. Y lo que más le costaba asimilar era la falta de transparencia. Ella y Juan habían dedicado su vida a luchar por un mundo más libre y más auténtico. “¿Cómo aceptar ahora la relación con un hombre que le mentía de forma sistemática?” se preguntaba una y otra vez desde esta mañana. Ya no tenía fuerzas para enfadarse ni para pedir explicaciones. Tantos años forzando la ignorancia la habían dejado exhausta.

El tranvía llegó a la vieja estación de madera desde la Malvarrosa. La ciudad que era mar se convirtió en piedra. Elena recordó la historia de aquella expresión popular: “Dormir a la Luna de Valencia”. “Hay palabras que son como el magma de un volcán: te escupen a la cara la vida de los otros” pensó mientras cruzaba el río por la vieja pasarela de hierro. Había mucha gente y el recorrido era estrecho pero ella no podía detenerse en la mirada de los otros. En su mente era noche cerrada y se imponía una imagen poderosa, la escena de una vieja obra de teatro que la había acompañado durante años.

Familias enteras durmiendo a los pies de las Torres de Serranos. Una luna llena casi insolente iluminaba los carros llenos de verduras. Las gentes eran sólo bultos apiñados bajo las desvencijadas tablas. Un silbido, un rumor de pisadas, y una joven que se escabulle sigilosa del amasijo familiar para encontrarse con su amante en la orilla del río. Dos siluetas torpes que se abrazan en el claro de luna. Unas manos morenas que tiemblan mientras se aventuran a deshacer lentamente los botones de una blusa. Unos ojos de aceituna negra que se empeñan en mantener el deseo a raya. Un beso tan asfixiante como las murallas que protegen la ciudad. Silencio, vida y muerte. Y con la sangre apunto de estallar en las venas, vuelven los jóvenes a sus carros, sabiendo que no tienen nada, que cada vez será más remota la posibilidad de un encuentro fugaz, que el rumbo de sus vidas ya esta trazado, que ella forma parte de un plan familiar que nadie osará violentar.

La ciudad apareció de nuevo ante sus ojos y Elena recordó cuántas veces había pensado en aquel sainete durante las revueltas estudiantiles de los 70. “Todo lo que estamos haciendo servirá —pensaba Elena entonces— para que ya nunca ninguna mujer tenga que aceptar resignada un destino que otros escribían para ella”. Había que luchar por la democracia, y por los derechos de la mujer, ¡y vaya si lo hicieron! Se veía a sí misma, treinta años más joven, con su larga melena y sus inseparables vaqueros de campana, y con su amiga Carmen, convocando reuniones de mujeres para explicarles cómo podían montar una cooperativa, cómo utilizar los anticonceptivos o cómo constituir una asociación cultural. Y recordaba a Juan al frente de las Asambleas de la Facultad de Historia. Se enamoró de su energía, de la firmeza de sus convicciones, de su negativa a ceder lo más mínimo en la construcción de una sociedad más libre y más justa.

“¿Y todas estas luchas para llegar a esto?”, se preguntaba Elena recordando aquel enigmático mensaje: “No, guapo. Emancipados con un par de ovarios”. En el fondo no podía creerlo. Quizás por eso había podido vivir fingiendo la ignorancia tanto tiempo.

Cap V

Había muchísima cola en la charcutería de Manglano. “La gente se vuelve loca en Navidad”, pensó Celia mientras esperaba. A su derecha, una botella de Maduresa, le trajo los primeros recuerdos de aquella relación que había sido el centro de su vida durante los tres últimos años. Lo peor había sido la falta de libertad: los tiempos tasados, los encuentros enlatados con principio y fin inamovible, los mensajes a mitad noche, las llamadas, las citas imposibles, el continuo deseo reprimido, las lágrimas. “Nada puede sustituir al encuentro cotidiano de los cuerpos” pensó Celia.

Se amaron a primera vista y ella pensó que algo así no podía reprimirse mucho tiempo. ¡Y vaya si duró! Tres largos años en los que ella había muerto y resucitado varias veces. Se enamoró de su energía, de la firmeza de sus convicciones, pero también de su capacidad de análisis. Y claro, no podía entender tamaño desajuste entre sus ideas y su afectos. Tenía que reconocer que él nunca la engañó. Siempre dijo que no podía separarse de su mujer. Que no quería hacerle daño. Y Celia no se lo pidió jamás. Él nunca había explicado demasiado sus sentimientos. Ni siquiera aquella vez en la que Celia supo que además de ella habían otras mujeres. Él siempre se escudó en la discreción como una especie de ancestral virtud varonil: “Hay ciertas cosas de las que no se habla por respeto a la intimidad de las personas” afirmaba convencido de que ese escudo sería su salvación. Y realmente lo era, porque sus argumentos eran difíciles de defender. Ese era el problema: Celia nunca supo si existía alguna explicación para que un hombre como él se negara a ser libre y eso era lo que más le dolía. “Hasta para olvidar es necesario entender” se dijo a sí misma con la sensación de quien descubre alguna clave.

Justo en ese momento, Luís, el amable charcutero de bata blanca, le preguntó qué deseaba. La sacó tan bruscamente de sus pensamientos que Celia no pudo evitar largarle: “Un hombre libre”. A Luís casi le da un infarto. La tensión de ese instante en el que Luís no sabía si Celia se estaba declarando o se había vuelto loca, la resolvió la sonora carcajada de ella. “Disculpa, Luís”, le dijo Celia con el desparpajo habitual: “Tenía la cabeza en otro sitio”. “Ya decía yo…”, afirmó Luís con torpeza. “Ponme un cuarto de ese queso suave que le gusta a mi hija, otro de jamón ibérico y una botella de Maduresa, por favor” afirmó Celia que aún se aguantaba la risa.

“Sí, sencillamente a eso se reducía todo: un poco de libertad para disfrutar, sin esconderse de nada ni de nadie. Libertad y dignidad”, repetía Celia para sus adentros. Seguramente era un concepto de dignidad nuevo, que estaba por construir, como tantas otras cosas: una dignidad casi existencialista, basada en el respeto a uno mismo y a los otros. “¿Serían demasiado antiguos esos mimbres para hacer con ellos un cesto nuevo?” se preguntó Celia. “¡Está claro que no! —se respondió a sí misma al instante— ¡es la mentira lo que no está de moda! ¡Cómo iba a estarlo si media humanidad se había pasado todo el siglo XX luchando para poder vivir de modo más sincero!” casi gritaba Celia en una especie de asamblea interior que la absorbía por completo.

“No se trataba de hacer tabula rasa, de empezar a vivir 80 veces desde cero, destruyendo de un golpe toda la memoria de los afectos. Pero de ahí a vivir en una farsa había un buen trecho. “¿Cuántas situaciones como la que ella había vivido los últimos tres años se estaban produciendo en ese momento en este mercado?”, se preguntó Celia, de repente. “¿Cuanta gente acababa de mandar o recibir un sms que expresaba sus deseos en una vida paralela? ¿Cuántos de aquellos hombres y mujeres que discurrían por el pasillo central estarían viviendo esa especie de poligamia telemática?”

Cap VI

Al cruzar las Torres, Elena pensó en llamar a Carmen. Ella y su marido Luís, tenían en el Mercado Central una charcutería. “Voy hacia el Mercado. ¿Nos vemos allí?”, preguntó Elena dando por seguro el encuentro con su amiga. “No. No estoy en el Mercado”, respondió la voz de Carmen, al otro lado del teléfono. “Hace tiempo que ya no voy los sábados por la mañana. Te encontrarás a Luís y a Pedro. Ya verás qué mayor está Pedro. Se parece muchísimo a su padre cuando era joven”. “¿Recuerdas cuándo teníamos que dejarlo en casa de mi madre para ir a nuestras reuniones?”. Claro que se acordaba. De hecho, llevaba toda la mañana pensando en esas reuniones y en aquellas palabras pronunciadas con vehemencia juvenil. Se había esforzado toda su vida para no ser dogmática, porque los dogmas le parecían peligrosos e inútiles, pero había valores que no podía soslayar.

Tras el divertido episodio con Celia, Luís ya no dio pie con bola en toda la mañana. Él era todo menos un hombre libre. En realidad tenía que consultar casi todos sus movimientos con Carmen. No se explicaba cómo había llegado a esta situación. Cuando se conocieron Carmen era una mujer muy independiente. Para él, al principio, era un suplicio escuchar de su boca que ese fin de semana no podían verse porque ella y Elena tenían programadas un montón de reuniones con mujeres. “¡Qué tiempos! Ahora lo difícil era tener una vida autónoma. Cada vez que salía de casa sin explicar hacia donde se dirigían sus pasos se sentía como el sujeto que viola una de las primeras máximas de la convivencia. ¿Tanto defender la independencia para llegar aquí?”, se preguntaba en silencio mientras atendía a los clientes.

Hacía mucho tiempo que se sentía sólo y se aburría en las reuniones de los amigos. Esas cenas que a Carmen le encantaban, a él habían dejado de interesarle. Sentía el mismo grado de saturación que cuando decidió dejar la carrera y seguir el negocio familiar. Entonces, como ahora, ninguno de sus amigos le apoyaba. Aún recordaba las encerronas de Juan, Elena, Carmen y Martín. “¡Dios, qué suplicio! Y fíjate… Carmen y Martín habían acabado trabajando con él. ¡Cómo si para llevar un negocio no hiciera falta muchos conocimientos!” pensaba mientras en su cara se dibujaba una expresión entre la satisfacción y el cabreo.

“¡Hola Luís!”se oyó desde el lado opuesto de la charcutería. Parecía la voz de Elena y…¡era la voz de Elena! Luís se quedó de piedra. Justo cuando él estaba recordando aquellos años en los que estuvo secretamente enamorado de la novia de su amigo va y se presenta ante él, de una pieza, su oscuro objeto del deseo. Sí, era Elena. Había venido al mercado y lo inevitable y lo maravilloso es que podían irse a tomar un café solos. “Está guapísima”, pensó Luís nada más verla. Seguía conservando esa luz especial en sus ojos ¡Y todavía tenía un pelo precioso! ¿Cuánto hace que no nos vemos?, le preguntó Luís. “Pues mucho”, le contestó Elena.

“Vamos a la terraza del Lisboa —dijo Luís— está aquí al lado y es muy agradable”. Se sentaron en un mesa junto al viejo olivo. Mientras Elena compraba tabaco, Luís imaginó la cantidad de historias que habría escuchado ese árbol. “Ahora —pensó Luís— se disponía a escuchar otra”. Desconocía el argumento, pero recordaba a la perfección que él y Elena eran capaces de contarse vida y milagros en apenas dos minutos. O al menos eso ocurría en los 70.

Cap VII

“Del jamón a la pescadería”, pensó Celia. Compraría dos lenguados de playa y una cuantas gambas rojas. Y después… una cervecita con papas en la terraza del Lisboa, leyendo el periódico… ¿Se podía pedir más?” susurró mientras esperaba ser atendida. Siempre que se hacía esa pregunta estaba sola. Y siempre ocurría lo mismo: de la trastienda de su memoria le respondía un poema olvidado de John Keats, un texto sobre la soledad. Keats, que sonaba algo antiguo, venía a decir que no había mayor placer que una excursión al campo con un alma gemela. Pero acababa hablando de una madriguera… Le daba risa la imagen de dos personas metiéndose en una madriguera. Sin embargo, era cierto, nos pasábamos la vida buscando a alguien con quien conversar. Aunque ese gusto por compartir no podía explicar la moderna poligamia, ni las relaciones virtuales, pues en ellas no se compartía nada cotidiano, en realidad, eran como pastillas avecrem de sentimientos y sexo.

Daniel, el pescadero, casi la sorprende otra vez a años luz de distancia, pero reaccionó dos segundos antes de que él lanzara la infernal pregunta: ¿Qué deseas? Quizás el Mercado Central de Valencia era el lugar de la ciudad donde más gente le estaba preguntando a otra, al mismo tiempo, por sus deseos. Imaginó por un momento un trastorno colectivo monumental: un día en el que los tenderos del mercado empezaran a preguntar a la gente por sus deseos y las respuestas fueran todo menos un cuarto de longanizas y un kilo de patatas. “Ponme dos lenguados de playa y cuatro gambas rojas”, respondió Celia con una sonrisa que respondía a esa escena surrealista que bien podía ser un éxito de taquilla. “¡Mira que contenta está!”, soltó Daniel. “Sí, es que ha salido el sol y hace una mañana espléndida”, contestó ella cortando de cuajo la conversación. El pescado de Daniel y Rosa era el mejor, Rosa era encantadora pero Daniel siempre hacía preguntas indiscretas o con un doble sentido. “Hay hombres que no soportan a una mujer sola e independiente”, pensó Celia. Daniel es uno de ellos. Se notaba a la legua. El capazo ya empezaba a pesar demasiado, así que se imponía la retirada rumbo al Café Lisboa.

La terraza estaba prácticamente repleta pero por suerte quedaba una mesa libre. En el mismo momento en que se sentó sonó el teléfono. Era su ex-pareja que le proponía comer con él y con su hija en una reunión familiar improvisada esa misma mañana. “De acuerdo —dijo Celia— acercaros a la terraza del Lisboa, dejo la compra y nos vamos”. En ese momento Celia se sintió plenamente feliz: “era posible” pensó. Cada día que pasaba, ella y su ex-pareja demostraban al mundo que una separación cordial era real.  “Nuestra generación tiene una responsabilidad histórica”, pensó Celia, “hemos aceptado que el amor llega y se va, pero somos incapaces de gestionar esos momentos de tránsito sin que supongan una guerra abierta”. La verdad es que una separación no era fácil, pero tampoco lo era la convivencia.

Cap VIII

Elena se sentó delante de su café y se encendió un cigarrillo. “Y bueno —dijo Luís— ¿cómo va todo?” En los ojos de Elena había cierta turbación que Luís no acertaba a reconocer. “Pues lo importante va bien. Los niños están bien. Juan, como siempre, liado con mil cosas. Y yo sigo ganándome la vida como funcionaria y escribiendo todo lo que puedo. ¿Y vosotros, qué?”, preguntó Elena con urgencia, como queriendo cambiar de tema. “Pues también bien, en lo importante que dices tú. Supongo…”, respondió Luís con mucha más calma. Era extraño, aquella mujer siempre le infundió la confianza necesaria para ser él mismo.

“¿Supongo?”, preguntó Elena. “Bueno, en realidad yo no estoy bien pero todo lo que sucede a mi alrededor parece que sí lo está”, confesó Luís. “Nuestro hijo Pedro se ha incorporado al negocio con muy buen hacer. Se nota que en lugar de estudiar una carrera de letras hizo empresariales…” Y Luís se explayó en la explicación de todas las aportaciones de Pedro a la charcutería. Los dos rieron acordándose de lo que habían criticado a su amigo Albert, por haber puesto su cerebro al servicio de los números, mientras ellos estudiaban historia y filosofía que eran las carreras de moda en los sesenta.

“Pero…¿has dicho que tú no estás bien?” insistió Elena. Luís se arrepintió de esa espontaneidad pero ya era tarde. A aquella mujer nunca había podido mentirle y un alud de confesiones iba a precipitarse de un momento a otro sin que el pudiera hacer nada para evitarlo. “No estoy bien”, reconoció Luís encendiendo también un cigarrillo. “¡Fumando, tú!”, casi grita Elena. “Sí. Ya no sé cómo tomarme esta vida y quizás lo mejor es empezar a acortarla”, respondió Luís provocador. “Venga, Luís, ¿qué pasa?”, preguntó Elena impaciente. “Pues nada, te va a parecer una tontería pero es que ya no estoy enamorado de Carmen. No me veo con ella hasta el final de mis días y no tengo valor para decírselo. No quiero hacerle daño. Es evidente que ella nota mi desinterés. Nos hemos convertido en buenos compañeros de piso. Eso es todo. Trato de superarlo pero es como si fuera un pobre actor, arrastrando por las tablas del escenario, las palabras de un libreto que ya no me conmueve”.

Elena tragó saliva ante la confesión de Luís. “¿Qué debía decir ella ahora?” se preguntó asustada. La imagen que Luís había creado en torno a la representación de una obra se ajustaba perfectamente a lo que ella estaba sintiendo. Sin embargo, no estaba segura de querer poner en palabras algo tantos años silenciado. “Discúlpame, voy un momento al servicio”, dijo Luís, adivinando que ella no sabía cómo responder a su confesión. Cuando se quedó sola, Elena se fijo en una joven que leía el periódico en la mesa de al lado, parecía feliz, hablando por el móvil. A la vista de aquel pequeño teléfono, recordó el episodio de esta mañana. “¿Emancipados?”, repetía para sus adentros cuando llegó Luís y la enfrentó a la necesidad imperiosa, y quizás liberadora, de una conversación íntima.

“Te entiendo Luís” afirmó Elena con rotundidad. “Yo tengo sentimientos parecidos. Hace muchos años que sé que Juan me pone los cuernos de forma sistemática. Y digo ‘me pone los cuernos’ y no ‘me es infiel’ porque tampoco sé si esa manera suya de estar siempre con más mujeres además de conmigo es exactamente una infidelidad. La verdad es que siempre pensé que ser infiel era otra cosa más grave. Con eso he vivido los últimos 20 años. Y no puedo decir que hayan sido malos o tristes o aburridos. Juan es, sobre todo, un tipo divertido. Pero estoy cansada de representar el guión que otro escribe para mí”. “¿Lo habéis hablado alguna vez?” preguntó Luís. “No, nunca” respondió Elena. “Su promiscuidad no es fruto de ningún acuerdo, ni explícito, ni tácito, y ya empieza a pesarme vivir con alguien que sé que no me hace partícipe de sus sentimientos y me obliga, por tanto, a esconder los míos” suspiró Elena. “Al principio –añadió- pensé que cada uno debía llevar su vida, que era mejor no hablar de ciertas cosas. Pero es que nunca me ha contado nada, ni a toro pasado. Y yo he vivido todos estos años creciendo interiormente y menguando en mi vida exterior. La descompensación ha sido tal que ya no sé quién soy”.

“Se podía decir más alto pero no más claro” pensó Luís mientras observaba la forma en que Elena giraba el pequeño teléfono móvil que había puesto sobre la mesa. “¿Cómo sabes que Juan está con otra?” preguntó Luís. “Lo he sabido siempre. Luís, esas cosas se intuyen. ¿Tú nunca has sido infiel?” le preguntó Elena. “Sí —respondió Luís— una vez”. “¿Y Carmen lo notó?” le cortó Elena. “Sí, claro que lo notó” afirmó Luís con expresión despavorida. “¿Y se lo contaste?” insistió Elena “No, no tuve valor” reconoció Luís. “Pues eso mismo debe pasarle a Juan”, dijo Elena pensativa. Se hizo un minuto de silencio y ambos se quedaron mirando a la mujer de la mesa de enfrente. Ya no estaba sola. Un hombre con una niña se habían acercado hasta la mesa. Luís se dio cuenta de que era Celia, la misma clienta divertida que esta mañana le causó un tremendo sobresalto.

“Además —retomó Elena la conversación—  justamente esta mañana, he leído un mensaje en el móvil de Juan que no deja lugar a dudas: Su última amante le ha dejado. Era un mensaje críptico, que al principio no entendí pero que ahora acierto a interpretar. Decía: No guapo. Emancipados con un par de ovarios”. “¿Y quiénes son los emancipados?” preguntó Luís. “Eso no lo sé —respondió Elena— pero estoy segura que es el mensaje de una mujer que ya está harta” susurró con una voz tan triste que Luís se quedó helado.

Elena había ido bajando el tono de su conversación, como si decir en voz alta todo lo que estaba pasando por su cabeza la hubiera ido debilitando poco a poco. “¿Te encuentras bien?” le preguntó Luís. “Sí, sólo un poco mareada por la cerveza. Hace mucho que he desayunado. Pidamos unas aceitunas” respondió Elena.

“¿Y qué vas hacer?” preguntó Luís. “No lo sé”, respondió Elena. “Es difícil romper”, dijo en voz casi inaudible. “Sí, si lo es”, reconoció Luís y enseguida añadió: “Y la verdad es que no debería serlo”. “¿Te acuerdas de nuestras largas conversaciones en la Facultad sobre la necesidad de que las relaciones humanas se asentaran sobre la sinceridad?” preguntó Luís “Teníamos muy claro que el amor se acababa y que lo peor era tratar de mantener en vida a un muerto”. Sí, claro que Elena se acordaba. Llevaba toda la mañana pensando en eso. “Sé que la única manera de volver a tomarle el pulso a mi vida sería hablar con Carmen, decirle que la sigo queriendo, que forma parte de mi, pero que ya no quiero vivir con ella. Pero no me atrevo” concluyó Luís, también en voz baja, porque en ese momento temió que alguien les estuviera escuchando.

“¿Por qué no te atreves?” le preguntó Elena. “Carmen es una mujer muy independiente. Siempre lo fue. Saldría adelante” afirmó convencida. “Ha cambiado” afirmó Luís, o al menos eso creo yo. “Cuando alguna vez he planteado una duda sobre nuestra relación ella se ha hundido. Supongo que recuerda anteriores fracasos y no puede asimilar que también lo nuestro se vaya a pique”. “¡Pero, Luís, su primer marido, era un gilipollas con quien no había forma de entenderse, pero tú no lo eres!” afirmó Elena retomando la energía de su habitual tono de voz. “¡Gracias! —se rió Luís— pero no chilles, que en esa mesa está sentada una clienta de la charcutería y este barrio es como un pueblo”. “Perdona, Luís, pero es que a veces los tíos me ponéis nerviosa” afirmó Elena recuperando ese tono feminista que la había hecho famosa en sus años de facultad. “Os creéis que las mujeres no podríamos vivir sin vosotros y en el fondo lo que os pasa es que tenéis un miedo tremendo a vivir solos” sentenció Elena.

“No, no, de verdad, que no es eso” se defendió Luís. ¡Pues entonces no entendiendo esos protectorados afectivos!” casi gritó Elena. “Me parece tan indigna la mentira que conlleva la infidelidad como considerar a tu pareja un ser débil que no sabrá salir adelante, y encima, sentirte tú legitimado para protegerla. ¡Acabáramos!” afirmó Elena encendiendo otro cigarro. “Luís —preguntó esta mujer que empezaba parecerse a ella misma—  ¿me quieres explicar cómo hemos aceptado tanta renuncia?” “Pues no tengo ni idea, Elena” respondió él un poco turbado. “Acuérdate que yo era el de las preguntas y tú la de las respuestas” afirmó Luís en ese tono galante que resultaba infalible en estos casos. “¿Somos cobardes, Luís?” preguntó Elena con esa mirada de niña ingenua que el paso del tiempo no había podía borrar. “Puede que sí” afirmó Luís, al tiempo que cogía la mano de Elena en un gesto de reverencia. “Sin duda, sí. Pero puede que haya también torpeza y pereza. Quizás no sabemos o no queremos aprender” reconoció Luís con cara de cansado. “Vamos – dijo Elena, levantándose- es tarde”. “Nunca es tarde” respondió Luís, también sorprendido de sus propias palabras.

Cap IX

Juan se había quedado dormido al poco de salir Elena hacia el Mercado. El sol entraba suave por la ventana. Estaba empezando a abrir los ojos cuando sonó el cling del móvil que anunciaba un mensaje. Se decidió, por fin, a levantarse. Sus piernas se habían agarrotado un poco. Se había enfriado porque apenas llevaba encima el albornoz negro que Elena le regaló en su 55 cumpleaños. A pesar de su edad, Juan se seguía sintiendo atractivo. No había nada especial en él, pero tenía cierto magnetismo. Un poco como si la velocidad con la que transcurría su vida ejerciera una especie de fuerza centrífuga a su alrededor que acababa por ponerle a él en el centro.

Tenía un mensaje de Elena. “Igual ha decidido que comamos por ahí” pensó, mientras se imaginaba las sabrosas chuletas del asador de Aranda, las morcillas de Burgos y el delicioso hojaldre de crema que servían de postre. Esas pequeñas cosas de la vida le hacían tan feliz como una intensa noche de amor con Celia. De esas que, aparentemente, ya habían tocado a su fin. Esa era su gran suerte, era capaz de disfrutar de todo, del éxito y del fracaso. Era un superviviente. Mientras apretaba el botón de OK se abrió el sobrecito y sus ojos se encontraron con las letras de aquel inesperado mensaje: “Juan, no me esperes a comer. Ya no me apetece seguir fingiendo que no sé nada. Fingir que soy idiota me ha agotado y tengo la maleta de la resignación demasiado llena. Todo lo arreglaremos pacíficamente, sin sobresaltos, pero ahora me voy al apartamento de la playa. Te llamaré. Besos emancipados”

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