Presencia_47

Vi como se dirigía corriendo hacia una mujer, más joven que ella, que sentada en el suelo, se cogía con las manos la cabeza. “Lo han encontrado muerto, Simone -se desgarró de nuevo aquella voz- muerto dentro de su coche en Puerto de Sagunto”. Simone se quedó clavada en la acera, enjuta y pequeña como un dardo. Y yo sentí de nuevo una presencia en mi piel, en cada poro, y esta vez no era Adela. Tenía dentro a un hombre joven a quién yo no conocía. Sentí como un calambre que me atravesaba de los pies a la cabeza. Estaba asustada no, lo siguiente. Simone debió de intuir que algo pasaba porque se giró bruscamente y me cogió la mano: “no puedo devolverlo a la vida, no soy mi abuela”, le dije para que no quedara ninguna duda. Simone entendió ipso facto que algo estaba pasando en mi cuerpo y que yo tenía que salir de allí cuanto antes. Y así lo hice.

No_46

A la salida del pueblo, mirando a la Sierra se encontraba el lavadero. Simone me contó que a la abuela Eladia le fascinaba este lugar. Ella lo llamaba el ágora de las mujeres. Había muchas cosas que desconocía de la abuela. Pero tampoco era tan extraño: ¿Quién conoce a quién? De mis pensamientos me sacó, de un sobresalto, un enorme grito de dolor: Un No inmenso, gélido, atronador estaba reventando el valle. Simone reconoció la voz y parecía saber de donde venía. Salió disparada hasta el horno que había en medio de la plaza.

Despertar_45

Cuando me desperté en casa de Simone me pareció haber dormido un siglo. No recordaba haber descansado tanto en mucho tiempo. “Con una bruja en el cuerpo se duerme muy profundamente, casi tanto como en los brazos de aquella extraña tribu de hombres abrazo” pensé mientras acariciaba mis pechos en un gesto instintivo y me daba perfectamente cuenta de que Adela ya no estaba en mi piel. Cuando puse un pie en el frío suelo de barro se escucho desde la cocina la voz de Simone que anunciaba café caliente y tostadas. Ella no necesitaba ver a través de los gruesos muros de piedra tosca para saber que yo ya estaba despierta ¡Qué paz y qué silencio en aquella casa de la Sierra! Simone iba a llevarme al lavadero del pueblo, el lugar favorito de mi abuela Eladia, así que el día prometía.

Lo que falta_44

Lo primero que escuché desde el cuerpo de Celia fue una frase de Simone: “las brujas siempre venimos con lo que falta”. Eran palabras que parecían encerrar un designio que no yo no acaba de identificar. Ciertamente  si yo veía con los ojos de Celia aquella escena, y el caso es que la veía, allí quién faltaba era yo. Pero no faltaba porque estaba allí, en un estado de fusión con Celia que nunca hubiera podido imaginar. Yo estaba acostumbrada a tener que sacarme a mis hechizados de la piel, aún recuerdo la última noche sumergida en el mar de Benicassim para sacarme a Carlos Fabra del cuerpo tras haberle hecho confesar. Pero aquello era algo distinto, no era una ocupación, era como si Celia y yo compartiéramos un tiempo en su cuerpo, un tiempo que ni era mio ni era suyo. Todo había sucedido de repente, mientras yo caminaba por la playa de la Malvarrosa enfundada en mi forro polar. Celia me daba un tiempo nuevo y yo era, en ese instante dos personas: la que seguía caminando por la playa, y la que se abrazaba al alma de aquella joven bruja, a los pies de una hoguera en medio de la sierra de Espadán. Y enaquel fantástico desdoble todo transcurría sin prisas, como si fuéramos a darnos tiempo para tener tiempo. Una cosa sí había cambiado: contra todo pronóstico, ahora que estaba en el cuerpo de Celia ya no podía leer sus pensamientos. Tenía miles de preguntas que supongo que tampoco Celia podría responder, al menos por ahora.

Piel_43

Atravesé el umbral de la casa de Simone con Adela en la piel. La noté en el mismo momento en el que puse el primer pie en la baldosa de barro. La llevaba a ella en cada poro y sentía su presencia en la garganta.  Simone lo supo de inmediato. Me invitó a pasar hasta la enorme chimenea de la cocina sin preámbulos y antes de abrir la boca me sirvió un gin tònic: “Tu abuela Eladia podía darle tiempo a los que ya se habían ido, querida Celia, y ahora apareces tú, capaz de hacer tiempo con los vivos”. Supe que acababa de escuchar algo importante, aunque mi cuerpo no tuviera más vida que mi piel, y no acabara de entender muy bien qué estaba sucediendo ni para qué serviría un poder tan poco concreto. Simone me miró como leyéndome el pensamiento: “No te preocupes Celia, las brujas siempre venimos con lo que falta”

Puerta_42

La casa de Simone era una de esas fachadas que llaman la atención por tener una puerta desplazada hacia un costado. Estaba ubicada a la salida del pueblo, en el camino de las eras. Fue fácil encontrarla con sus indicaciones. Las jambas de las puertas y ventanas estaban pintadas de azul y había una gran polea en lo alto del balcón del primer piso. Me sonreí al recordar que según algunas versiones, las jambas se pintaban de azul para ahuyentar a las brujas. Lo que era inconfundible era la veleta: una enorme gaviota con una mujer sentada sobre ella. Llamé al timbre deseando que me abriera la puerta la mismísima Adela, pero no fue así. Simone apareció sola, pequeña, sonriente, envuelta en un poncho de lana color paja y me invitó a pasar.

Barranco_41

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Yo conocía bien la desnudez de esos árboles, aunque ahora no pudiera verla por la inmensa nevada de la semana pasada. Simone me había tentado definitivamente con la descripción del paisaje: “Sube y verás como la sierra se pone blanca. Tengo una vieja chimenea de piedra que tu abuela Eladia adoraba y podemos recordarla juntas. Allí escribimos, ella y yo, a cuatro manos, unos textos breves, a veces divertidos, a veces tristes, sobre la saga de las mujeres hueco“. Mientras recordaba cada una de las pocas palabras pronuciadas por Simone, el coche se acercaba lentamente la señal que indicaba la entrada al pueblo. Era verdad, todo estaba muy blanco. Simone no mentía. Y yo no me quitaba de la cabeza a Adela.

Corcho_40

“Almedijar” era la palabra que me venía a la cabeza una y otra vez. Estaba a punto de cumplirse una semana desde la invitación de Simone y ya lo había preparado todo para subir a la sierra de Espadán, así que arranqué el coche y puse rumbo al Alto Mijares. Sujetaba el volante como si tratara de aferrar el alma al cuerpo y el cuerpo a la Tierra. Esta vez no quería volar. Todavía no quería volar, aunque todo presagiaba un gran viaje. Cuando empecé a dar las primeras curvas de ascenso a la Sierra, me sentí tan desnuda como las “sureras” que me recíbían a lo largo del camino. Había algo que me inquietaba enormemente: ¿sabría Adela que Simone me había invitado a su casa para contarme algo tras trascendestal como el hechizo de mi abuela? ¿Por qué tomaba Simone decisiones de tanta importancia sin contar con la opinión de mi bruja mentora?

Cuesta_39

Enero había arrancado muy lentamente. Tras el descanso navideño, las cosas volvían a adquirir poco a poco su tonalidad real. Mi hija Silvia volvía al Instituto y yo recibí la interesante invitación de Simone para pasar con ella un fin de Semana en la Sierra. Parece que Simone tenía una casa en Almedijar, en la Sierra de Espadán, donde ella y mi abuela Eladia habían pasado muy buenos ratos. Simone había vuelto de París con la intención de desvelarme los poderes de la abuela Eladia: “Entre las brujas hay varias teorías sobre este tipo de cosas” me explicó por teléfono al tiempo que cursaba su invitación formal. “Algunas piensan que la genealogía es un estorbo. Otras que sólo desde la comprensión de ese árbol ancestral sabemos mirarnos en un escenario propio”, la escuché decir completamente convencida de que Simone había tomado partido por el segundo equipo.

Abrazo_38

Aquel invierno del 55 era mucho más gris. Simone y Eladia apenas estrenaban su amistad paseando con su hija Rosa por la orilla del Sena. Era pronto y hacía frío. Aquellas dos mujeres jóvenes, enfundadas en gruesos abrigos de paño negro, aparentaban más edad de la que tenían. Su animada conversación se interrumpió de golpe. En uno de los pequeños jardines que hay en la parte trasera del templo, un grupo de personas se agolpaba en torno a un mujer que abrazaba gritando a un niño pequeño. El niño parecía yacer sin vida en sus brazos. Y desde lejos, era como si aquella mujer quisiera hundirse en la tierra para siempre. Sentí como Eladia daba un respingo y ponía una mirada extraña. Me pidió que sujetara a su hija Rosa y corrió, yo diría que voló, hasta aquella mujer. Me asombró su determinación. Estábamos en Francia, no era su tierra, pero Eladia parecía saber exactamente qué tenía que hacer. Cuando logró hacerse paso entre el gentío vi como apartaba de un golpe a un gendarme que impedía acceder hasta la madre. En el instante en que Eladia consiguió acariciar la frente del pequeño, el niño tosió, escupió algo que luego supimos que era un cacahuete y recuperó el aliento. Con la misma rapidez, Eladia se escapó del grupo, llegó hasta mi lado, cogió a Rosa en sus brazos y pálida como una pared de cal me dijo: ¡vámonos! Y desparecimos sabiendo las dos lo que había pasado. “Ese era el extraordinario poder de la abuela Eladia, podía hacer volver a los vivos del mundo de los muertos” se dijo Simone para sus adentros, pregutándose si la joven Celia habría heredado esa capacidad o sus poderes serían otros.