La bruja desde el principio

CAP. 1

Ahora ya sé que soy una bruja. Lo sé desde el día que me tragó la tierra. Pasó así, sin pensar, mientras arrastraba mi carrito de la compra de vuelta a casa, por una de las calles peatonales más tranquilas de mi ciudad. Mi recorrido habitual para evitar multitudes. Nadie pareció darse mucha cuenta. Sólo yo y esa pareja de nórdicos tan sonrientes. Ya nunca más he vuelto a verlos, así que no sé si realmente me vieron o no desaparecer. Os preguntaréis que hay allá abajo y cómo conseguí llegar. Lo segundo es fácil. Simplemente pensé “tierra trágame es una frase fantástica” y sucedió. Lo que me encontré después requiere un poco más de explicación.

La brujería del siglo XXI es lingüística, casi lacaniana, diría yo. Así que cuando me tragó la tierra no me encontré ni uno de los elementos de la imaginería habitual: ni grutas estrechas, ni lava en ebullición, ni oscuridad. Nada de todo eso. Y mucho menos fuego. Todo era blanco y helado en aquella pequeña sala cuadrada donde llegué de repente. Eso sí, en medio de ese desconcertante espacio, había un elemento muy potente que enseguida captó mi atención: un sillón rojo carmín con la forma de una gran lengua. Frente a él una gran pantalla táctil. Era irresistible y me senté

No hizo falta ni tocar la pantalla. “Se ve que las brujas somos así. Con el deseo basta.” pensé yo mientras me recostaba en la gran lengua con la ingenuidad de una bruja novata. La pantalla era Mac pero la manzana estaba tuneada y el rabo era una pequeña serpiente de color púrpura. ¡Pobre rabo! Y ¿por qué estaba yo allí? Justo en ese momento apareció un chat en la pantalla: “Hola Celia, estás aquí porque ya has cumplido 600 meses. Has entrado en la edad dorada de las brujas y has deseado intensamente que te tragara la tierra. Pregunta lo que quieras”.
De repente me preocupaban cosas muy pragmáticas y lo de ser bruja me tenía sin cuidado.
– ¿Estoy bajo tierra? pregunté mientras daba un respingo y la lengua parecía convertirse en una especie de blandiblu fofo de color rosa.
– Más o menos. Estás en otra tierra. La nuestra. La de las brujas. Escribió alguien en la pantalla de plasma. Una tierra bajo tus pies.
-¿Y puedo volver a mi casa?
– Sí claro. Cuando quieras. Sólo tienes que desearlo intensamente.
Nada más leer esta frase en la ventanita del chat me agarré fuertemente al sillón que ya era otra vez una lengua hermosa y desafiante, para tratar de controlar mi deseo de volver. Quería quedarme allí un poco más. Tenía más preguntas.
El chat me tranquilizó:
-No te preocupes, el miedo no es deseo.
A pesar del miedo. O quizás gracias a él, permanecí sentada en aquella lengua roja mientras la pequeña habitación blanca se llenaba de objetos: una bicicleta verde, una minifalda tricolor, una casa de muñecas, un viejo escritorio, unos tacones de aguja, una falda de flamenco, un traje de neopreno, un tanga rojo, un paquete de tabaco, una cuna, un trillo, una cesta llena de cakis, una chimenea y un plato con un par de huevos fritos. Un sin fin de objetos que podía reconocer perfectamente.
– ¿Y todo esto que hace aquí? le pregunté al chat.
– Nada. Es lo habitual. Te estás empezando a preguntar por qué eres una bruja y te traes hasta aquí pedazos de tu vida. Pero la respuesta no está en el pasado. Está en el futuro. Eres una bruja para el futuro, ni si quiera para el presente que ha dejado de tener valor para ti.
Tenía razón. Una vez superado el miedo, el presente carecía de importancia. Pero ¿por qué yo? y… ¿qué iba a significar, a partir de ahora, ser una bruja? Cuando iba a preguntarle al chat, sentí un agujero en el estómago y desee intensamente una cena en aquella plaza, en aquella pequeña isla del mediterráneo, ya sin turistas, siempre sin coches. Y para desgracia de mi cuestionario brujeril, esto también sucedió.

CAP. 2
La cita era, como cada viernes, en la terraza del Hotel Inglés. Nos gustaba el telón del fondo del Palacio Marqués de Dos Aguas. La puerta de alabastro con abigarrados cuerpos desnudos era un homenaje al caos que contrastaba perfectamente con la delicadeza del resto de la fachada. Los estucos grises y rosas imitando al mármol, las barandillas onduladas de sus balcones, al estilo francés, los encajes esculpidos en piedra en sus ventanas. Todo parecía estar allí para decirnos: “tranquilas hermanas, a mí sí me gustan vuestras curvas”. Simone había iniciado una investigación hace años. Ella estaba convencida de que la marquesa que ordenó la última reforma del Palacio en 1867, que en realidad era la casa solariega de los Rabasa, era bruja. Andaba pensando en todo esto mientras volaba literalmente por la calle de la Paz. Llegaba tarde precisamente el día en que todas estaban esperando mis noticias sobre nuestro nuevo fichaje. Esto me iba a costar una reprimenda de Sara, siempre tan sistemática en el proceso de incorporación de una nueva bruja. Apenas tuve tiempo para pedir un gin tónic vespertino, el único satanás al que nosotras adorábamos. Desde que me senté, no me dejaron ni respirar.
– ¿Qué sabemos de Celia? Preguntó Sara en un tono amable de ligero reproche
– “Siento llegar tarde” Me disculpé leyéndole el pensamiento.
– “No pasa nada. Nos hacemos cargo de que te ha costado Dios y ayuda recolectar todas esas bolsas en el interesante mundo de las últimas rebajas” apuntó Sara con una magnífica sonrisa escondida detrás de sus gafas rojas de pasta.
No podía retrasarlo más, así que empecé: “Está en Tabarca. Justo cuando iba a empezar a preguntarme cosas algo más interesantes, descontroló su deseo y ha emprendido su segundo viaje. Vete tú a saber cómo pudo llevársela a Tabarca un plato con un par de huevos fritos. La verdad es que no sé por qué me ha tocado a mí esta novicia. Aún no he averiguado que tenemos en común. Aunque no está mal: me gusta su estilo. En fin, ahora no sé nada de ella, ni ella sabe nada de mí. Me la imagino preguntándose qué hace allí y cómo ha llegado. En resumidas cuentas, lo de siempre, ya sabéis, los comienzos ajetreados de una bruja novata”.

– “¿Te has asegurado de que lleva en el bolso nuestra tarjeta de crédito?” Preguntó Simone siempre centrada en los detalles importantes.
– “Sí, por supuesto” y también conseguí que se dejara olvidado el carro de la compra con el que apareció bajo tierra. Supongo que si llega a Tabarca con un carro de la compra verde pistacho alertan en seguida a la Guardia Civil del mar.
– “Efectivamente -añadió Sara con sorna – porque el carro era verde pistacho que si llega a ser de cualquier otro color, no llaman”

CAP. 3

¿Pero cómo he llegado hasta aquí? Lo último que recordaba era una habitación blanca, supuestamente bajo tierra, con una gran pantalla donde un enigmático chat acababa de descubrirme el increíble hecho de que yo era bruja. Ahora estaba en el extremo más oriental de la isla de Tabarca con un agujero en el estómago y todo el silencio del mundo a mi alrededor. Esto sí era el paraíso imaginado por Jaume Sisa.
Evidentemente había empezado a ser bruja porque sólo las brujas viajan así. También podía haberme transformado en Sport Billy, ese cartoon con su bolsa mágica que aparecía en nuestra enorme tele familiar en los años 70. O la Mary Poppins de los libros de las películas, que leíamos una y otra vez. Seguramente “Missis Poppins” también era una bruja. La bruja con la que yo he soñado ser todos estos años. ¿Se puede ser más ridícula? pensé en el momento en que me di cuenta de que ya era septiembre, empezaba a hacer frío y tenía mucha hambre.
¿Habrá algo abierto? ¿Llevo dinero? me pregunté en medio de un repentino ataque de pánico. En este momento sonó en el móvil la llegada de un whatsApp: “Celia, soy Adela, tu bruja-mentora. En tu monedero llevas una tarjeta de Triodos Bank para las emergencias como ésta. Si no tienes dinero puedes usarla. Lo que gastes lo devolverás al banco de tiempo de las brujas con pequeñas tareas que todas necesitamos”.
¿Banco de tiempo? ¿Pequeñas tareas? ¡Lo que me faltaba! “¡Tener que dedicarle tiempo a un grupo de brujas a quién ni siquiera conozco!” Comprobé que también llevaba mi tarjeta de crédito y respiré hondo. Respondí con un escueto “Gracias. Ya seguimos hablando”. “Yo no me pongo al servicio de este clan ni por todo el oro del mundo” le dije a mis entrañas mientras caminaba hacia la puerta del hotel más llamativo de la isla, la Casa del Gobernador. Nunca me había alojado allí más allá de aquella noche, hace tanto tiempo, cuando Espe y yo intentamos colarnos y nos pillaron. Mi elección, muchos años después, había sido el Hostal Masín, pero la actual situación merecía un extra: “A ver si le ponemos a todo esto un poco de autogobierno” pensé mientras atravesaba los gruesos muros de piedra.

CAP. 4

Mientras Celia resolvía sus dudas en Tabarca, la vida seguía transcurriendo como siempre en la ciutat vella. En esta noche de casi luna llena, me preguntaba que tendríamos en común Celia y yo y no acababa de ser capaz de descifrar el misterio. Algo habría en nuestro pasado que podría explicar el aquí y el ahora. Algún extraño vínculo entre nuestras familias, o algún paralelismo en nuestras vida. Algo habrá. Siempre hay algo cuando una bruja ha de encargarse de una novicia.
En principio pensé que tendría que ver con el lugar que habíamos elegido para vivir pero el vínculo era demasiado débil. Celia vivía en una casa pequeña en pleno corazón del barrio del Mercat de València. Yo en un ático con una magnífica terraza en la Plaza de la Reina, justo en la frontera entre La Xerea y el Mercat. Pero eso no parecía razón suficiente. Sara vivía en la calle de las cestas. Mucho más cerca que yo de la casa de Celia. Hubiera podido ser ella quien el pasado 5 de septiembre recibiera un mensaje de chat con la orden de acceso a nuestra intranet. Algo nos une pero habrá que descubrirlo.

Cap. 5
Le estaré eternamente agradecida a este camarero por haberme sugerido un gin con tónica Indi. Estaba exquisito. “Es lo que tiene haber tenido una juventud conservadora: siempre te queda lo mejor por descubrir”, pensé mientras mis ojos se fugaban a la velocidad de la luz hasta la entrepierna de aquel enigmático camarero que tenía cara de aburrido. Cruzamos la mirada y la sonrisa: pero me dio pereza mantener el pulso. Y justo en el momento en el que me dije “no” para mis adentros sonó de nuevo el pí congelado y rotundo de otro whatsApp: “Esto no es propio de una bruja” leí atónita en la blanca pantalla del iphone recién estrenado.
Di un respingo que un poco más y da al traste con mi magnífico gin tonic y que puso alerta al solitario camarero. ¿Pero quién era esta Adela que me leía el pensamiento? Me la imaginé sobrevolando la isla con su escoba y clavando su mirada de águila real en mi pequeña silueta de aquí abajo. “¿Qué es impropio?” le pregunté al chat entre irritada y divertida. “Mirarle el paquete al camarero o qué me de pereza el sexo con un desconocido” escribí con esas teclas minúsculas que me horrorizaban por su dificultad tan digital.”Jajajajaja” sonó de nuevo el whatsApp. “¿Tú que crees?” respondía Adela sin más detalle…
Creer, creer… yo no creía nada de lo que estaba sucediendo: “¿habrá alguien echándome de menos?” me pregunté de repente. Desde que me había tragado la tierra no había sonado ni una sola vez ese móvil impenitente que me machacaba cada día. Más extraño aún: sólo me llegaban los whatsApp de esta tal Adela que yo no tenía en mi agenda.
El camarero impuso de nuevo su mirada triste: era mi tipo sin duda. Un cuerpo esquelético y desgarbado. Unos ojos negros y profundos, y las huellas de la vida escritas en sus maneras desenvueltas. En ese mismo momento me di cuenta de que ya me interesaban muy poco los cuerpos si no encerraban un alma a la altura del vuelo de la escoba de una bruja. ¿Sería por eso que me había convertido en bruja?
Alguien tendría que explicármelo pero ahora no era el momento. Me iba a ahorrar las frías sábanas del hotel para perderme en las redes de un viejo pescador venido a menos, con la gracia suficiente para saber pinchar a Leonard Cohen justo en el instante exacto en el que yo pensaba desaparecer.
Cap.6
No sé cómo conseguí que aceptara la invitación de una última copa en mi casa. Tampoco pareció extrañarle mucho que mi casa no fuera una casa. Caminó con soltura por la cubierta del Saloma hasta sentarse en la proa mientras yo preparaba un par de gin tónics. Me llevó algo de tiempo encontrar unos cojines que le lancé con precisión y cogió al vuelo. Tardé unos diez minutos más en localizar unas copas decentes. La vida es un barco no es sencilla, aunque yo había tratado de incorporar pequeños inventos que la simplificaran. El caso es que cuando llegué hasta la cubierta, aquella mujer se había dormido como un tronco sobre los raídos almohadones y no tuve más remedio que taparla con una manta. En el fondo no me sorprendió: la noche no parecía prometer una sesión de sexo desenfrenado con una desconocida. Algo raro había en el ambiente. Desde el principio tuve una intuición extraña. Ahora, al verla dormir, se confirmó mi íntima sospecha de que era una de ellas. No había venido en la tabarquera, tampoco a bordo de ningún otro velero. Y tenía la piel tan blanca como ella.
Cap.7
Dormir en el corazón de la ciudad era cada vez más difícil. Sólo las ráfagas de viento conseguían apagar el murmullo de los transeúntes. El viento era mi aliento: un elemento que me insuflaba vida. Cada bruja tenía el suyo. La llegada de Celia me estaba ayudando a recordar mi primer deseo como bruja. Apunto estaba de cumplirse una década desde aquella noche en el puerto de Barcelona. Mi nacimiento como bruja había transcurrido entre maromas abandonadas y redes en desuso. Había cruzado las ramblas en bicicleta a toda velocidad. Pero llegué tarde. Sólo acerté a ver la popa de su barco alejarse. Y desee intensamente convertirme en una de las gaviotas que parecían poder seguirle. Y eso es lo que sucedió. Me convertí en gaviota y anduve muchos años volando de un continente a otro. Me costó muchísimo recuperar mi forma humana, pero el tiempo de las brujas transcurría en otra dimensión. Y cuando por fin logre volver a ser yo, nada se había movido de su sitio. Todo seguía allí. Todo menos él, claro.
De nuevo iba a llegar con el tiempo justo a nuestra cita semanal en la terraza del Hotel Inglés. Ya no me valían las excusas. Pero por suerte hoy las demás llevaban todavía mayor retraso que yo. Sólo estaba mi querida Simone saboreando su gin tònic especial con rodaja de naranja.
– ¿Pero qué ojeras traes, niña? Me preguntó Simone, la más anciana de nosotras y con diferencia la más sabia y dulce bruja de toda la ciudad.
Con un gesto de resignación le expliqué que la Plaza de la Reina se llenaba cada noche de jóvenes, aborígenes y turistas, que moderaban bien poco el volumen de sus carcajadas. Simone me miró incrédula: ¿Y una Bruja como tú no tiene solución para eso? me preguntó con esa expresión tan suya que consistía en un arqueado imposible de sus cejas. ¿Es que ya no sabes meterte en una burbuja-bruja?

Si, sí sabía. Había desarrollado mi propia técnica para crear una burbuja a mi alrededor: ya no me enteraba de nada de lo que pasaba en el mundo. Ni radio, ni tele, ni periódicos. Sólo leía y escribía a placer las cosas más variopintas. Sin ninguna referencia a lo real. Mientras, la realidad se deshacía en pedazos en mi entorno más próximo. Y yo, para sorpresa general, vivía en una burbuja. Simone tenía razón. Había olvidado que esa capacidad nuestra para crear una membrana protectora allá donde hiciera falta también funcionaba con el mundanal ruido. A Simone le preocupó ese olvido mío:
– ¿sabes lo que pienso, niña? -Simone siempre me llamaba niña- que esta bruja nueva, Celia, te la ha mandado Hécate para hacerte recordar. Para que vuelvas a ser esa bruja implacable de antaño, para que uses intensamente tus poderes contra los poderosos, para que recuperes lo que fue tu marca de la casa: tu capacidad para desalojar de sus poltronas a los más corruptos a los más indignos, con complejos juegos de ingenio.
“Puede ser” pensé no sin cierta pereza. “Puede ser”, pero tenía un pálpito cada vez más fuerte: Celia había llegado a mi vida por otras razones. No venía a recordarme mis obligaciones, venía para curarme alguna herida. Sin embargo, no pensaba llevarle la contraria a Simone, ni un sólo instante. Adoraba a esta mujer hasta límites insospechados, me dedicaría en cuerpo y alma a cumplir sus deseos: haría lo imposible por volver a ser aquella que Simone echaba en falta. Y con ese propósito le di el primer sorbo a la tarde y me relajé en una de las cómodas sillas de mimbre que aún no habían desaparecido de nuestra terraza. Perdí la vista en el caos de la puerta del Marqués y la tarde se fue llenando de risas y cotilleos de brujas, a los que yo presté más bien poca atención.
Cap.8
Aquella noche descubrí que las brujas no dormimos en cuerpo y alma. Sólo duerme nuestro cuerpo. Mientras, el alma vuela. Así que tampoco me extrañó mucho que aquel marinero se sintiera observado mientras yo dormía. Salí de mi cuerpo apenas unos instantes después de cerrar los ojos y pasé a instalarme cómodamente en lo más alto del mástil. No puedo decir que fuera una situación placentera, simplemente era increíble, observar mi cuerpo allá abajo. Tenía tantas preguntas que empecé a obsesionarme con Adela. Quería conocerla. Necesitaba que alguien me explicara algo de lo que estaba pasando. Y sin embargo, intuía que aquí y ahora, aquel pescador-camarero sabía cosas importantes. Desde allá arriba observé como apagaba su cigarrillo y se instalaba, con mi cuerpo, bajo la inmensa manta que cubría toda la proa del velero. Aquella manta no parecía real. Era la misma noche convertida en lana. Tan negra, tan oscura, tan inmensa…Y fue su forma de abrazarme, lo que acabó convenciéndome de que aquel hombre encerraba algún poder: Justo en el momento en que me estrechó en sus brazos, sentí como mi alma se colaba, de nuevo, entre mis huesos y dormí como nunca lo había hecho. Un siglo después empezó a clarear y un breve rayo de sol me devolvió a la tierra.
Cuando me desperté el marinero estaba haciendo café. A la luz del día parecía mucho mayor que yo. La verdad es que no sabía muy bien si disculparme por haberme dormido tan pronto porque en realidad no me había dormido hasta que me abrazó. No se me daba bien mentir. En esas dudas me sorprendió su saludo y su pregunta.
– “¡Buenos días! ¿qué tal anoche por allá arriba? me espetó con una sonrisa que parecía sostener la mañana.
– ¿Cómo lo sabes? En realidad ¿qué sabes? le pregunté supongo que con cierta cara de susto.
– “Sé que eres una bruja” me dijo con una tranquilidad que me heló la sangre.
– “Lo sospeché desde el principio. Ayer por la tarde vi salir a todos los pasajeros de la tabarquera y tú no estabas. Apareciste de repente con la huella de un extraño viaje dibujada en tu cara. Y luego te dormiste como lo hacen las brujas”.
– ¿Ah sí? pregunte con gran curiosidad ¿Y cómo se duermen las brujas?
– “Sin avisar” me respondió él con una carcajada rotunda y sabia.
– ¿Y tú como lo sabes?
Se hizo un silencio largo y profundo y por fin lo admitió: he conocido a varias y he amado a una.
Esto sí que no me lo esperaba: Una cosa era ser una bruja novata, y otra que te pillen desprevenida en tu secreto a la primera noche romántica con un extraño. Me sentí desnuda y me aguanté las ganas de seguir preguntando. Tenía que volver a mi ciudad. Debía contactar como fuera con la tal Adela. Alguien tenía que proporcionarme un pequeño libro de instrucciones o una sesión de acogida. Ya estaba bien de ir dando palos de ciego.
Cuando ya había tomado la decisión de marcharme, mi intuición me dijo que aquel marinero era un adivino. En aquel momento yo todavía desconocía la historia de los hombres-abrazo y sus poderes extraordinarios con las brujas. Él me leyó el pensamiento y me proporcionó la información necesaria: en una hora sale la primera barca a Santa Pola. Puedes cogerla sin más. Y eso hice.
Cap. 9
Justo cuando puse el pie en la Ciudad de la Justicia sonó un wasap en el fondo de mi bolso. Y cuando por fin conseguí rescatar el aparato comprobé que era ella. Celia me pedía una cita con tono de urgencia: “Adela, he vuelto a Valencia y necesito verte” leí en la pequeña pantalla mientras me apresuraba hacia la sala en la que estaba a punto de comenzar el juicio. Cuando la funcionaria me pidió la acreditación de prensa me enfrenté a mi primer gran examen y comprobé que mis poderes no estaban tan oxidados como había previsto. Metí la mano en el bolsillo de la americana y saqué una flamante credencial del periódico The Guardian que entregué a la funcionaria mirando directamente a sus pupilas de intenso color azul. “No está acreditada pero tomo nota de sus datos. Pase y vuelva mañana a recoger su acreditación de prensa”. Great! escuché dentro de mi cabeza en la inconfundible voz de Simone. ¡Venga, ya has conseguido entrar! Aquella joven rubia que no tenía un pelo de tonta me señaló la puerta de entrada a una pequeña sala. ¡Qué bruja Simone! pensé. ¿A quién si no se le le podía ocurrir que mi empleador fuera, precisamente, un medio con nombre tan simbólico?

Yo lo máximo que había conseguido esta mañana era vestirme entera de color naranja. Pensé que ese color me ayudaría a perturbar la mente del acusado. Eso, un buen escote y la melena rubia cepillada con intensidad. Y por supuesto un buen par de tacones. Me senté justo en el pasillo por donde él tenía que entrar para que al menos un instante reparara en mi presencia. La verdad es que mi traje chaqueta de color butano llamaba mucho la atención entre tanto atuendo negro y gris. Sara siempre se burla de mi pasión por la moda. Pero se equivoca. No acaba de entender que mi armario no es sólo un amasijo de telas.
Todo el mundo parecía tranquilo en aquella sala hasta que entró él, por supuesto con sus gafas de sol oscuras. En ese momento la tensión en el ambiente se podía cortar. “Es la encarnación del poder”, escuche de nuevo a Simone en mi cabeza. Detrás de él caminaba la que debía ser su exmujer y tras ella su hija. Y tuve la suerte de que él me miro, poco, pero el tiempo necesario para morder el anzuelo.
El juicio empezó con un acto fallido del magistrado. El juez, en lugar de anunciar que se iniciaba la sesión, dijo alto y claro:”se levanta la sesión”. “Jajajaja -escuché la risa de Simone – que ganas tienen estos tres de que acabe el juicio”. Los tres a los que se refería Simone, eran los tres magistrados de la Audiencia Provincial, que en 2012 intentaron anular la acusación de cohecho contra Carlos Fabra.
Diez años después el hombre fuerte de Castellón se sentaba en el banquillo como presunto autor de un delito de tráfico de influencias, otro de cohecho y cuatro fraudes fiscales. En el diario que, excepcionalmente, yo había comprado esta mañana ofrecían todos los datos: “la Fiscalía Anticorrupción pide una pena de 13 años de cárcel y una multa de 1,9 millones de euros, además del pago de una indemnización de otros 692.000 euros, cantidad que coincide con la que defraudó a Hacienda entre 1999 y 2003 por unos ingresos injustificados de cerca de dos millones de euros que, además, no declaró”. Así lo contaba María Fabra, una magnífica profesional de EL PAÍS en Castellón. La vi entre la prensa, pero ella no me reconoció. Hacía al menos una década que no nos veíamos. Eso por lo menos.
Carlos Fabra se sentó tranquilo. Se le veía dispuesto a defender su inocencia. La expresión más angustiada se podía leer en la cara de su exmujer. Me dió pena ella. Supongo que era solidaridad de género mal entendida. En cuanto el fiscal le llamó a declarar me temblaron las piernas. Allí estaba yo ante la gran prueba. Íbamos a jugárnoslo todo. Él y yo.
Cap.10
Adela contestó a mi mensaje unas 24 horas después. “De acuerdo, si ya estás en Valencia podemos vernos cuando quieras”. Ese cuando quieras se había concretado en una cita en la cafetería de la vieja universidad de la Calle de la Nave. No era mal sitio, así que llegué con tiempo. Los periódicos que había extendidos sobre la pequeña mesa de la entrada llevaban en portada el mismo tema: Fabra confiesa su culpabilidad. “¿De qué estaban hablando? Había dormido unas 18 horas seguidas desde ayer y estaba completamente despistada.
El relato era más o menos coincidente en todos los rotativos: Carlos Fabra había sorprendido al tribunal de la Audiencia de Castellón. Contra todo pronóstico y ante los atónitos ojos de los periodistas, familiares y amigos, Fabra había afirmado desde el principio de su declaración que Vilar estaba en lo cierto: “Conseguí lo que Vilar quería. Agilicé las autorizaciones que él necesitaba para fabricar sus productos. Lo hice hablando con mis amigos en los ministerios de Sanidad y Agricultura. Y claro, me pagó por ello. ¿Qué hay de malo? Esto lo hemos hecho en España toda la vida” fueron las primeras palabras de Fabra ante la Audiencia. Su repentina confesión había dado la vuelta al mundo.
¿Cómo le pagó Vilar? Fue la última pregunta que el fiscal le pudo hacer a Fabra antes de que el tribunal suspendiera la sesión. El insigne político del PP respondió sin tartamudear: “En metálico. ¿Cómo me a va pagar? Esta usted tonto”. Según el diario local LAS PROVINCIAS, en ese momento la exmujer de Fabra se desmayó y el tribunal suspendió la vista. Ante el sorprendente hecho, los asistentes lanzaban hipótesis de lo más variadas que fueron recogidas por la prensa. La explicación más común entre las declaraciones de los políticos próximos a Fabra que se encontraban en la sala, fue que el veterano dirigente había sufrido una subida de tensión que le habría provocado un estado de enajenación mental.
Era increíble: ¿10 años para esto? pensé mientras vi como atravesaba la puerta de la antigua universidad una mujer alta con un traje chaqueta de color naranja butano y una melena rubia sobre los hombros. Tenía cara de haber pasado la noche de fiesta y se dirigía directa hacia mi con una gran sonrisa.
Como yo era una bruja, supe de inmediato que esa mujer era Adela. Y como ella también era Bruja, me leyó, sin dificultad, el pensamiento: “Disculpa mi aspecto. Es que no he pasado aún por casa. Vengo directa de Castellón y ha sido una larga noche”.
Adela se sentó con cara de curiosidad. Mirándome directamente a los ojos. “Tenía ganas de conocerte” me dijo mientras me lanzaba otra de sus eléctricas sonrisas. “Yo también”, contesté casi de forma automática. “Esta mujer parece agotada” me dije para mis adentros y ella, una vez más, me leyó el pensamiento: “Si. Estoy muerta. He pasado la noche metida en el mar para ver si conseguía sacarme del cuerpo al protagonista de mi último hechizo. No ha sido fácil porque Carlos Fabra no es un sólo hombre es toda una saga”.
¡Carlos Fabra! exclamé. ¿Has hechizado a Carlos Fabra? pregunté incrédula al tiempo que empezaban a encajar en mi mente las piezas de un rompecabezas que había leído en la prensa apenas unos minutos antes. “Sí, respondió. Me metí dentro de su cuerpo y apliqué un viejo hechizo que obliga al hombre poseído por la bruja a decir la verdad. Es un horror, porque luego se te queda pegada a la piel, el alma del hechizado, y en este caso su alma es la de toda una familia mafiosa que lleva más de cien años instalada en el poder. He sentido mucho dolor y mucha rabia. Me ha costado muchísimo sacarme el espíritu de Fabra de mi cuerpo. Quizás aún me quede algo dentro” concluyó Adela poniendo una divertida cara de repulsión.
“Uf” es lo único que yo acerté a decir. ¿Y ahora qué? pregunté, pensando en el caso Fabra. Por suerte ella sí tenía un plan B que no tenía nada que ver con el político. Parecía querer desconectar de todo aquello: Nos tomamos un café y vamos a mi casa ¿vale?” me propuso sin mediar ni duda ni silencio. Su voz era fuerte y dulce a la vez y resultaba extraordinariamente convincente. “Allí tengo una biblioteca amplísima sobre quiénes somos las brujas, cómo vivimos, cómo amamos, cómo morimos, en fin, ¿qué se puede esperar de nosotras?” añadió.

– ¿Y cómo dormimos las brujas? le pregunté de inmediato. “Jajajaja”. Adela rió con una carcajada fresca, rotunda, sin complejos, que se escuchó en todo el claustro y que arrojó fuera de su cuerpo el poco Fabra que podía quedarle dentro.
Su respuesta fue bastante exacta, directa al grano: “Cada una se duerme a su manera, pero por lo general, caemos dormidas sin avisar. En un instante. Pero sólo nuestro cuerpo, claro. Porque nuestro alma casi nunca duerme. Y cuando el alma de una bruja logra dormir, en ese momento, somos mujeres extraordinariamente felices”. En eso sonó el teléfono de Adela y la escuché hablar con una tal Simone: “sí, sí. Estoy bien. Tranquila. Si quieres comprobarlo con tus propios ojos acuden en media hora a mi casa. Así de paso conocerás a Celia”.
De camino a su piso, Adela me explicó quien era Simone: fue su bruja-mentora, quien le ayudó en sus primeros pasos. Ahí es cuando me enteré de que Adela era la persona a la que yo podía recurrir en mi iniciación como bruja y que las brujas se reunían una vez al mes en la terraza del Hotel Inglés. Además, por la forma en que hablaba de su bruja-mentora, enseguida me di cuenta de que Adela amaba a Simone y de que yo, muy probablemente iba a amar a Adela. Ella, una vez más me leyó el pensamiento. Por fortuna, sólo una parte. O al menos eso dio a entender “Sí, yo amo a Simone. Quizás más que a ninguna o a ninguno de mis otros grandes amores, hombres o mujeres. Aunque las comparaciones siempre sean odiosas, siempre hay alguien por quien darías más de lo que tienes, más de lo que realmente eres, y esa persona en mi caso es Simone”.
En esas estábamos cuando llegamos a uno de los pasajes que desembocan en la Plaza de la Reina y nos encontramos con Simone. Supe que era ella por su extraordinaria delgadez y porque cogió a Adela por la cintura y la abrazó muy fuerte: “niña, estás hecha unos zorros. Vamos arriba”. Y las tres desaparecimos en un precioso ascensor de madera, quizás de los primeros que instalaron en esta ciudad.
Cap. 11
A veces la isla se hacía demasiado pequeña y tenía que salir. Lo que más echaba de menos en Tabarca era la vida nocturna de Barcelona. Los cafés del barrio gótico y los bares de mala muerte de las ramblas. La visita inesperada de aquella bruja tan débil y tan desorientada me había devuelto a los tiempos del moll de fusta. Así que quizás por eso me decidí a entrar a ver la última película de Alex de la Iglesia, Las brujas de Zurragarramurdi, que acaban de estrenar en aquellos multicines un poco cutres de Santa Pola. No podía haberme equivocado más. De la Iglesia arruinó mi noche en la península. No sólo exhibía sin complejos su misoginia, algo a lo que ya estoy bastante acostumbrado, sino que además no tenía ni la más remota idea de cómo eran las brujas. Me molestó su búsqueda banal de un elegido que sería el primer hombre andrógino cuya misión era ayudar a las mujeres a liberarse del yugo dominador… ¿Este tío tampoco sabía que esos hombres ya existían, que habían existido siempre?¿Qué también fueron, como las brujas, víctimas primeras de la ortodoxia? Estuve tentado de enviarle por correspondencia la historia de mi tribu, pero la verdad es que no lo merecía. Tanta estupidez no podía ser premiada con un sólo renglón de letra taborita. Soy un hombre que muchas veces me he sentido mujer. Maldita ignorancia.

Cap.12
Nada más entrar en su casa, Adela desapareció en el cuarto de baño. Simone y yo pasamos a una pequeña salita atiborrada de libros. “Aquí tienes más de lo que necesitas saber sobre las brujas” escuché la voz de Simone, en un perfecto castellano, con un ligero acento francés, mientras se acercaba a las estanterías. “¿Más?” pregunté yo de forma inmediata, adivinando cierta ironía en sus palabras.
“Sí, más” respondió Simone segura y no menos veloz que yo. “En realidad -continuó hablando mientras se dirigía a la ventana y perdía la vista en la enorme plaza- la mayoría de lo que se ha publicado sobre nosotras es pura invención”. “Nuestra misma existencia -añadió Simone- es pura invención. Somos producto de un esfuerzo ingente por construir una cultura de la represión. Nos crearon para reprimir el coraje, la libertad, la intuición de muchas mujeres que se aventuraron a desafiar el orden establecido en la Edad Media” explicaba en una voz cada vez más tenue.
¿Pero podemos volar? pregunté yo objetando una realidad física a lo que Simone me presentaba, exclusivamente, como un producto simbólico. “Sí, afirmó”. La represión es un arma poderosa. La persecución lo es aún más. No hay especie humana que no se adapte a su entorno. No hay grupo humano que no se transforme para sobrevivir. No pudieron con nosotras y nos transformamos en otra cosa. Pero en realidad cualquiera puede ser una bruja.”
En cuanto Adela salió del cuarto de baño enfundada en un magnífico albornoz blanco, Simone desapareció, yo diría que con cierta turbación en la mirada. “Me voy querida” se despidió besando a Adela en la mejilla, mientras se dirigía a mi en tono de disculpa: “No quiero interrumpir. Este es vuestro momento. Hasta la vista Celia.”
Me interesaba más su piel que sus palabras pero decidí que no me quedaba, otra vez, con las preguntas en la punta de la lengua. Su piel era tan blanca que podría ser transparente. Yo también era muy blanca pero ella lo era más. Sin duda.
Mientras Adela se acurrucaba en un extraordinario sillón que parecía tener la forma de una gran oreja, yo me decidí a empezar una conversación que se inició en un chat y que parecía difícil de retomar. “Quiero preguntarte algunas cosas” le dije mientras cogía la taza de té verde que me había preparado Simone antes de marcharse.
“Por supuesto” respondió sonriente mientras sujetaba un botellín de cerveza congelada en su mano derecha. ¿Por qué soy una bruja? lancé, al vacío de la habitación, la gran pregunta. “¿Querrás decir por qué has descubierto ahora que eres una bruja? me respondió Adela, con otra pregunta.
“Supongo que estabas harta y deseaste algo intensamente. Y entonces tu predisposición natural tomó forma. Y te convertiste en bruja” explicó al fin, mientras balanceba las piernas por encima del brazo de ese sillón orejero de color rojo, como si fuera, todavía, una niña pequeña.

¿Mi predisposición natural? pregunté ¿Mi madre es una bruja también? No, no tiene por qué serlo. En tu familia habrá alguna bruja seguro, pero no tiene por qué ser tu madre. Ni siquiera alguien a quien tú hayas conocido. Será una mujer que se rebeló contra su destino. Qué hizo algo inusual, por voluntad propia.
“Voluntad propia”. Tras escuchar estas palabras, me vino a la cabeza, en seguida, la imagen de la abuela Eladia, y aquel rumor que corría por Morella, sobre las mujeres de nuestra familia. Me sorprendió infinito no haber atado cabos hasta ese momento. ¿En qué estaría yo pensando?
“Sí es ella” respondió Adela, sorprendiéndome una vez más con su capacidad para leer mi pensamiento. Y continuó hablando en voz baja como si compartiera un secreto: “Acabo de ver también su imagen en mi cabeza. Es la admirada Eladia. Yo no la he conocido pero sí he escuchado hablar de ella. Simone sí la conoció. Claro las dos eran maestras…”
Me quedé de una pieza. Había pasado el último verano con la abuela Eladia en Morella. Me sentía muy afortunada por ello, pues ese invierno, una pulmonía mal curada se la llevó al otro barrio. ¿Ósea que las brujas también morimos? pregunté entre descansada e inquieta… Y otra vez la carcajada de Adela se hizo con todo el espacio libre de la sala: “No sólo morimos, niña, es que media humanidad se ha dedicado a matarnos…”.
Y ahora qué soy una bruja ¿qué se supone que va a pasar? le pregunté a Adela, sabiendo que no estaba disparando en la dirección correcta. “Nada. Nada o todo. Eso va a depender de ti” respondió Adela. Menos mal que añadió algo que me dio un poco de paz: “Ya sé que estás desconcertada así que te voy a dar un consejo: haz como si nada. Como si nada hubiera pasado. Es lo mejor cuando no sabes qué hacer”.
Al escuchar sus palabras me di cuenta de que tenía ganas de volver a casa. Había llegado directa de Santa Pola a la cafetería de la calle la Nau, y de allí, sin respirar, a este magnífico ático. Y de repente pensé…¿Quién soy yo? Y sobre todo ¿qué día es hoy? y lo peor de todo… ¿dónde está mi hija?
Me temblaron las piernas. Carlos no me había llamado en ningún momento y mi hija Silvia estaba pasando la semana con él. ¡Qué locura! Debí de poner cara de terror. De ese terror que sólo sentimos las madres. Ella me cogió por los hombros, y casí como si me estuviera sujetando con sus palabras, me dijo: “Tranquila. Todo está perfectamente. Nunca pasa nada cuándo una bruja se ausenta. Lo gordo siempre ocurre en presencia nuestra”.Probablemente tenía razón pero yo quería comprobarlo con mis propios ojos. Así que me escapé escaleras abajo haciendo caso omiso del precioso ascensor.
Con terror no se puede bajar una escalera. Eso me quedó claro meridiano cuando me torcí el tobillo en el patio de Adela. Supongo que salí de aquella casa con el sobresalto encajado en el pecho y buscando el móvil para llamar a Carlos y a Silvia. No me di cuenta de que la escalera no había terminado y caí de bruces sobre el precioso mármol blanco. Por suerte, recordé que era bruja en el doloroso instante en el que me agarré un tobillo que me dolía a rabiar. Y sin poder articular palabra pero con la energía de quien sabe que tiene poder sobre el presente grité “NO” para mis adentros. Era un “no” rotundo, defensivo, inapelable. Un “no” que casi no me pertenecía. Y para mi sorpresa, mi deseo también se cumplió.
El tobillo seguía doliendo pero me levanté y anduve. Dudé un momento si llamar a Adela, pero decidí que no. De ésta iba a salir sola. Y así fue: enfilé la calle San Vicente y comprobé que podía andar hasta mi casa. Lancé la mochila y me tiré sobre el sillón como quien llega a la luna. En cuanto se me pasó el mareo provocado por el dolor llamé a Carlos. Todo seguía perfectamente. No les había extrañado nada mi ausencia. Ni a él ni a Silvia, que en ese momento estaba jugando en casa de una amiga. No quise hacer más comentarios porque no pensaba decirle a Carlos, por teléfono, que la madre de su hija era una bruja. Eso requería un poco más de calma.
¿Calma? se me había olvidado que significaba esa palabra… En ese mismo momento sonó un e-mail en mi teléfono y era Michael. ¡Qué casualidad! Pensando en missis Calma y me escribe Michael. Michael era un periodista americano que se mudó a mi escalera el pasado otoño. Fue una historia extraordinaria. Él se parecía mucho a Humphrey Bogart y apareció con una mujer maravillosa, llamada Abbey. Su plan era destapar una trama de tráfico de órganos. ¡Menudo lío! Abbey se reveló a sus planes aunque le ayudó hasta el final y luego se marchó en un velero. Ahora Michael, además de mi vecino, se había convertido en mi amigo y, sobre todo, en mi editor. Como editor era implacable. Su e-mail era corto pero muy contundente: “Celia, un relato on line exige una continuidad constante….” Uff tenía razón, pero cómo le explicaba yo a Michael que estaba desaparecida, volando por los cielos de la Isla de Tabarca, porque acababa de descubrir que era una bruja”.
Me quedé dormida en el sofá y cuando desperté tenía una idea fija en la cabeza:Utilizar mi condición de bruja para dar un buen golpe, algo provechoso para mi ciudad, o para mi país o para mi planeta. Acabar de raíz con alguna de las tropelías que tienen a nuestra sociedad anestesiada. No sé. Cualquier cosa que le diera sentido al hecho de ser bruja. La idea de Adela de hacer confesar a Fabra me parecía genial. Sin embargo, así de entrada no se me ocurría nada ni parecido.
Quién seguro que tenía una buena idea para canalizar mis poderes hacia algún objetivo real era Michael. El tenía una gran facilidad para pensar en proyectos de acción-observación. Sin embargo, él era la última persona del planeta tierra a quién yo le contaría lo que me estaba pasando. Michael era la encarnación del cientificismo materialista. Empirismo en estado puro. Podía imaginarme su cara en el hipotético caso de que yo decidiera contarle mis aventuras de la última semana.No, imposible. Yo no soportaría esa carcajada.
No podía contar con Michael para esto, al menos, de manera explícita. Su ayuda había sido clave cuando hace unos meses me tiraron del periódico. En ese momento, Michael le sugirió al editor del Chicago Tribune que me incluyera entre sus blogueros en lengua hispana, que es como le llaman ellos al castellano. Y decidimos que pondríamos en marcha un relato on line que tratara de la corrupción. Para eso España y Valencia, en particular, eran un escenario privilegiado. Michael lo sabía. Lo que me interesó de su propuesta es que se alejaba del periodismo de hechos: quería captar la personalidad del corrupto, las razones profundas que le motivan lanzarse a una acción de alto riesgo, capaz de arruinar una reputación y una vida. Y en eso andábamos… Se escuchó en ese momento la llave de la puerta.

Y entró Silvia en casa ¡con un disfraz de bruja! En ese momento caí en la cuenta de que hoy era Halloween. Siempre me había parecido una horterada monumental importar folklore americano, pero si había algo que también tenía claro es que no tenía ningún sentido amargarle la fiesta a una preadolescente. Puede que las brujas perdiéramos la batalla en la Edad Media. Y puede que Europa la perdiera hace un siglo: los americanos se habían adueñado de la capacidad para crear símbolos. En cualquier caso, mejor que Silvia eligiera, ella misma, que batallas quería dar y cuales no.
La fiesta de mi hija me dejaba parcialmente libre, así que me pregunté cuál era la ortodoxia para aquella noche entre las que sí eran, realmente, brujas. Con esa idea llamé a Adela que, en teoría, tenía asumido el papel de guiar mis pasos. La norma era tajante “si había una noche en la que debíamos quedarnos en casa tranquilitas, esa era Halloween”. La bruja que hiciera algún hechizo la noche de Halloween sería expulsada de nuestra comunidad. “Si te apetece puedes venir a cenar a casa. También estarán Simone y Sara. En una noche como ésta hacemos piña para superar el soponcio que nos da ver tanta tontería en las calles” me respondió Adela con la amabilidad habitual. Era buena idea, así que dejé a Silvia en su fiesta y me acerqué, por segunda vez, al magnífico ático de la Plaza de la Reina. Nunca hubiera imaginado lo que iba a descubrir en aquella cena, sobre mi propio pasado.
Cap.13
El camino hacia Morella daba para mucho, así que repasé cada una de las palabras pronunciadas por Simone durante la cena. Mi hija Silvia se había quedado un poco sorprendida cuando en el desayuno le dije que nos íbamos a Morella a visitar la tumba de su bisabuela Eladia. ¿Por qué mamá? preguntó con su cara llena de pecas. “Pues porque hoy es el Día de Difuntos y esa sí es una tradición nuestra. Algo que no esta mal que la conozcas si te vistes de bruja para una fiesta Halloween”.
Silvia era muy lista y tenía respuesta para casi todo. Estaba claro que la noticia no le venía bien: “¿Y por qué no vamos al cementerio de Valencia a visitar a la iaia?” disparó con rapidez. “Bueno, en realidad no haría falta que fuéramos a ningún cementerio. Con acordarnos de ellas sería suficiente, pero es que en el cementerio de Valencia hoy hay colas y colas de gente y es una locura llegar”. Le respondí sin que eso la convenciera demasiado. “Sí, mamá, pero el camino a Morella son dos horas” argumentó Silvia mientras se ponía la chaqueta y me guiñaba un ojo de complicidad.
Pero no había forma de hacerme cambiar de idea. Supe que hoy teníamos que ir a Morella después de escuchar la historia de Simone. Al inicio de la cena, Sara y Adela me preguntaron cómo me sentía, qué tal me estaban yendo las cosas estos primeros días de bruja. “La verdad es que yo no me veo bruja para siempre” les dije con total sinceridad. Y las hice reír. No sé aún muy bien por qué. “No acabo de saber aún qué puedo hacer y qué no…No me habéis proporcionado ningún catálogo de superpoderes”. Estas tres mujeres brillantes y guapas a su manera volvieron a reír a carcajadas. Por fortuna Adela se apiadó de mi y se adelantó a mi segunda pregunta: “Es que no disponemos de un catálogo de poderes estándar. Cada una de nosotras es experta en un tipo de hechizo. Simone es especialista en escribir cartas mágicas. Cartas que van a convencer desde a una jefa de prensa hasta a un juez. Sara es especialista en hechizos de amor: consigue que la gente haga exactamente lo que le dicta su corazón y ponga su deseo en primer plano. Y yo consigo que la gente diga la verdad, confiese las acciones más reprobables o los secretos mejor guardados. Todavía no tenemos claro qué sabes hacer tú, mi querida Celia”.
En ese momento intervino Simone y me quedé muda: “Quizás haya heredado la habilidad de su abuela Eladia”. Adela ya le había puesto al corriente: Yo era la nieta de una tal Eladia. La persona que había venido a mi cabeza cuando me puse a pensar quién podría haber sido bruja en mi familia. Simone había hecho unas cuantas averiguaciones y ya sabía que mi abuela Eladia era su gran amiga Eladia, la maestra valiente que no quiso utilizar sus poderes en beneficio propio. ¿Y qué sabía hacer la abuela Eladia? pregunté ansiosa por conocer algo más de esa parte de mi historia familiar que parecía cada vez más importante. “No podemos decírtelo hasta que tú misma descubras cuáles son tus poderes. Esa información podría condicionar tu desarrollo como bruja y debemos ocultarla hasta que llegue el momento” explicó Simone mientras miraba fijamente a los ojos de Adela, con una expresión de dulzura y firmeza que yo no había visto jamás.
Cuando llegamos a Morella, Silvia me preguntó por qué la abuela Eladia se había venido a vivir tan lejos. Y yo tuve que explicarle que en tiempos de la abuela separarse era un auténtico drama: “la abuela fue una pionera” le expliqué. “Una de esas mujeres que no soportan vivir en la mentira y que toma sus propias decisiones. Cuando dejo de amar a su marido se separó, simplemente explicando lo que sucedía. Sin embargo, prefirió dejar Valencia para evitar estar en el centro de todos los comentarios”. Silvia pareció entender sin problemas el razonamiento a sus 13 años. Subimos caminando hacia el cementerio donde estaba enterrada, desde el pasado verano, la abuela Eladia. Nos sentamos en un banco bajo los cipreses y Silvia se puso a leer las lápidas con curiosidad.
En ese momento, yo até cabos y entendí algunas de las enigmáticas frases de Simone en la cena de la noche de difuntos. Ya sé quién escribió la carta que apareció en el notario y que libró a la abuela Eladia de la cárcel. Esa debió de ser Simone, que tenía como bruja, esas habilidades. Ya lo había hecho con la credencial de “The Guardian” para Adela, en el juicio de Fabra; y muy probablemente lo hizo también con la carta que le salvó la vida a la abuela.
Eladia estaba en un buen lío porque su amante durante años -un cirujano de la alta sociedad valenciana que nunca se atrevió a decirle a su familia la verdad- cuando se enteró de que padecía un cáncer de páncreas terminal, decidió suicidarse en Morella, en una cueva que solía visitar con la abuela Eladia. Lo hizo tomando cianuro y la abuela fue acusada de haberlo envenenado. Todo parecía perdido para la abuela Eladia, hasta que aquella mágica carta apareció. Eladia estuvo literalmente acorralada en una durísima investigación policial que promovió la poderosa familia de la mujer del cirujano. Todo apuntaba a un fallo de culpabilidad para la abuela Eladia, cuando un trompetista de jazz descubrió y aportó al juez una carta depositada ante notario donde el amante de la abuela relataba todo su plan de suicidio y explicitaba que Eladia no sabía nada. Ante la evidencia, la abuela quedó libre, aunque nunca se recuperó del todo de aquella amarga experiencia. Ahora entendía quién era Simone y qué hizo por la abuela.
Cap 14
Llevaba días faltando a mi compromiso con Michael. Aquel relato on line sobre corrupción estaba siendo un fiasco total. Entré en la web del periódico temiéndome lo peor….Y mi sorpresa fue morrocotuda: Michael para evitar que me despidieran había decidido suplantarme y continuar él con el blog del Chicago Tribune y mis colaboraciones llegaban puntuales cada día. Sólo así podía explicarse que el dinero americano, fundamental para mi supervivencia en estos momentos, siguiera llegando a mi cuenta corriente cada semana. Los americanos pagaban cada semana porque ni siquiera te aseguraban la continuidad de un mes. Te la jugabas con tus seguidores cada día. Si bajabas de las 1000 visitas, carretera y manta. Estuve leyendo lo que Michael había escrito y era bueno. Sabía imitar mi estilo a la perfección y lo hacía mejor que yo con los detalles. Michael era el tío más extraño que me había cruzado jamás: Nunca pedía ayuda. Ni después de su trasplante de riñón se dejó ayudar demasiado. Sólo en el terreno lingüístico: Me usó como traductora con la policía española, para explicar como él y su amigo el editor del Chicago Tribune había conseguido engañar a la trama de trasplantes de órganos. Lo que más problemas nos daba era la desaparición de Abbey. La policía española, conservadora como es, no se tragaba la historia de que Abbey se había largado en un barco abandonando a su amor en una cama de hospital. Recuerdo perfectamente la cara del comisario Carrasco. Era un poema. Él nunca se iba a imaginar que en su comisaría de Ciutat Vella se encontraría con semejante caso. A mi me conocía de vista, de verme llevar a Silvia al colegio, que estaba junto su oficina. Yo creo que Carrasco no acababa de dar crédito a la historia pero era feliz con la presencia de tanto alto mando y alguna que otra cámara.
Michael parecía haberle cogido gusto a esta ciudad. En principio no se iba porque la investigación seguía abierta, pero se le veía cómodo aquí. ¿Qué estaría pensando Michael de mí? ¡Qué vergüenza! Tenía que hablar con él y explicarle todo lo que estaba pasando. Sólo así entendería mis incumplimientos….pero me negaba en rotundo a desvelar la historia de las brujas. Y no podía quitarme de la cabeza a la abuela Eladia. Llamaría a Simone. Quería hablar con ella sin intermediarias.
Y cuando andaba pensando cómo podría localizar a Simone sin pedirle su teléfono a Adela, me fijé en un nuevo café que habían abierto en la calle del Trench, a dos pasos de mi casa. Era uno de esos espacios que me gustan porque se pueden apreciar las antiguas estructuras de los edificios. Me paré a hacerle una foto porque además se llamaba “trencat” y eso todavía me gustaba más. La calle del Trench era una de las calles favoritas de la abuela Eladia. Ella era quien me había contado su historia. “Trencar” significa romper en valenciano, la lengua que la abuela Eladia amó intensamente. Aquella calle se abrió haciendo un agujero en la muralla árabe para conectar el barri del Carme y La Seu con la plaza donde se celebraba un mercado abierto. Todavía era una de las calles más transitadas de la Ciutat Vella. Allí una tenía la sensación de que la ciudad secular volvía sobre sus propias huellas, una y otra vez, por esa vía estrecha.
Lo que yo no imaginaba ni de lejos, cuando me paré a hacer esa foto, es que detrás del cristal iba a encontrarme con la sonrisa de Simone que agitaba la mano a modo de saludo. Estaba sentada con un hombre cuya cara me resultaba familiar. Me decidí a entrar para darle mi móvil y pedirle una cita, pero aún no habían acabado las sorpresas: ¡Quién estaba tomando café con Simone, era Oriol! Aquel camarero de Santa Pola que me invitó a una copa en su barco y con el que dormí el mejor sueño de mi vida. Él no parecía tan sorprendido. Claro, supongo que no le extrañó que nos conociéramos: él sabía que Simone era bruja y que yo andaba descubriendo que también lo era. València no es una ciudad tan grande y se supone que las brujas acaban conociéndose ¿no?
La presencia de Oriol y la amable invitación de Simone lograron que me sentara en aquella mesa. A pesar de la sorpresa conseguí articular algún saludo convencional y acabar preguntándoles de qué se conocían. Oriol estaba especialmente guapo y comunicativo y empezó a hablar sin tomar aliento. Simone había sido su profesora de francés en el Instituto Luis Vives. Él acababa de llegar de Barcelona con sus padres. Venían para hacerse cargo del puesto que su tío les había dejado en herencia al morir: un puesto de carne en el Mercat Central, ese magnífico edificio que nos quedaba a tan sólo dos pasos y que era, sin ninguna duda, el lugar más eléctrico de la Ciutat Vella.
El tío de Oriol también se llamaba Oriol, aunque todo el mundo en el Mercat, le conocía como “el català”.La versión oficial es que Oriol murió de un infarto mientras nadaba en la Malvarrosa, pero contaban las malas lenguas que en realidad se suicidó por amor: estaba enamorado de Encarna, una verdulera del Mercat, pero el padre de ésta, un valenciano poderoso y miope, declaró a los cuatro vientos que su hija nunca se casaría con un catalán y así fue.
A Oriol se le vio marchitarse día tras día y finalmente apareció su cuerpo sin vida en el puerto de València. Cuando la familia se trasladó a la ciudad, Oriol empezaba la secundaria y Simone daba sus primeros pasos como maestra recién llegada de París. La conexión entre aquellos dos forasteros fue inmediata y la música tuvo mucho que ver. Oriol tocaba standars de Jazz con su trompeta y Simone le acompañaba con esa voz grave que era el contrapunto perfecto a su extrema delgadez. Un pequeño local en el barrio de Xerea, que por aquel entonces se llamaba Tascas, acogió a un extraño grupo formado por alumnos y maestras que exploraron lo que la vida les ofrecía en ese momento, sin demasiadas preocupaciones.
El motivo de que Oriol hubiera abandonado la Isla de Tabarca para llegar hasta València, justamente ahora, había sido yo. Lo reconoció abiertamente: mi aparición en la Isla le pareció una señal y pensó que debía localizar a Simone y preguntarle donde estaba Adela. Había pasado una década desde la última vez que la vio en el Moll de Fusta. Todo parecía complicarse, cada vez un poco más. Todo el mundo parecía conocerse más y saber más que yo. Me despedí arrancándole una cita a Simone y corrí hacia mi casa. Necesitaba meterme en la cama como aquel que se tira de cabeza a una piscina.

Cap.15
Había dormido unas 12 horas cuando sonó la alarma del móvil. Sentí que volvía de una sima de silencio. No podía recordar ningún sueño pero se podían palpar las presencias de Simone, la abuela Eladia y aquel marinero Oriol que había resultado ser un trompetista. Cuando vi la hora di un salto de la cama. Había quedado con Simone en 30 minutos en la Cafetería del Centre Octubre. Me duché a la velocidad de la luz y salí a la calle. ¿Qué andaba buscando? ¿Qué quería averiguar? La verdad es que no tenía ni idea pero en el patio pasó lo peor que podía pasar: Michael estaba de espaldas en la puerta de la calle. Aún no me había visto pero era imposible salir de allí sin tropezarme con él. Hacía más de dos semanas que Michael no sabía nada de mi y no podía despacharlo con un “I will call you as soon as possible”. Estaba en deuda con él: Michael había seguido suplantando mi identidad cada día en el blog del Chicago Tribune, ese falso empleo que me daba de comer! Esto sí que era un desastre, iba a llegar tarde a la cita con Simone. Quería desaparecer. Y lo conseguí. Por segunda vez me evaporé en el espacio.
Pero desaparecer y que te trague la tierra son cosas bien diferentes. Desaparecer era exactamente eso: estar sin parecerlo. Me di cuenta cuando de repente Michael abrió la puerta del patio y me atravesó antes de subir al ascensor. No sólo era una mujer transparente sino que también podía ser atravesada por otros cuerpos. Sentí un escalofrío al paso de Michael. Pude adivinar por un instante su pensamiento. Estaba justo preguntándose dónde andaba yo. Probé a ver si me oía y dije alto y claro: estoy aquí. Pero no me escuchó. No me quedó claro si podía hablar siendo transparente porque tampoco yo pude oírme. Llegaba tarde, así que atravesé la puerta del patio sin abrirla mientras Michael subía al ascensor. Crucé la Avenida María Cristina y me dirigí, en modo transparente, al Centre Octubre donde me esperaba Simone. Tampoco hizo falta abrir la puerta del Octubre para entrar en el magnífico vestíbulo de aquellos viejos almacenes de El Siglo. Al fondo vi con claridad la silueta de Simone y me acerqué hacia su mesa sin saber muy bien qué hacer. Estaba escribiendo en su libreta verde cuando levantó la mirada hacia mí como si pudiera verme. Y con letra clara y grande escribió un mensaje directo y eficaz en su libreta: “Celia, baja al baño y una vez dentro decide que vas a volver a aparecer”. Seguí sus instrucciones al pie de la letra como si se tratara de un curso de acción mágico. Baje las escaleras y me metí en uno de los baños. Por fortuna no había nadie allí. Decidí aparecer y, tal y como estaba previsto, aparecí de cuerpo entero. Al salir me miré en el espejo. Nada había cambiado en mi aspecto. Sólo una cosa: tenía el pelo completamente seco. Este pequeño detalle no sería sorprendente si no fuera porque salí de la ducha volada y baje el ascensor con el pelo mojado. Esto de ser bruja tenía su lado práctico. Todavía no sabía cuál era el precio de desaparecer, pero si era gratis yo a partir de ahora me iba a ahorrar los 15 minutos de secador.
Cuando me senté en la pequeña mesa de la cafetería con media sonrisa, Simone no dudó ni un segundo sobre cuál era la pregunta importante: ¿De qué huyes Celia? Supongo que huyo de mi, le respondí sin querer entrar en más detalles. Era yo la que quería preguntarle a Simone pero desaparecer y aparecer me había dejado sin reflejos. Me pedí un café y ella otro vino blanco. Y así como quien quiere ganar tiempo le pregunté quién era ese marinero del otro día en el Trencat. Simone me explicó que Oriol había sido alumno suyo. Un alumno muy especial: él fue quién se encargó de entregar al juez la confesión ante notario que salvó a mi abuela Eladia de una condena por asesinato. Di un respingo porque aquello era lo que yo andaba buscando: la historia de mi abuela Eladia. ¿La carta de confesión la escribiste tú? le pregunté a Simone sabiendo que la respuesta era sí. Ella asintió con la cabeza y me explicó además que el notario era el padre de Adela. El padre de Adela fue quién le presentó a la abuela Eladia a aquel cirujano que acabaría enamorándose de ella y suicidándose en el recóndito pueblo en el que mi abuela se refugió tras su separación. El sabía que su amigo se había suicidado para evitar el doloroso final de un cáncer de páncreas y que Eladia no tenía nada que ver. Sólo por salvar a Eladia de una injusticia aceptó fingir que aquella carta estaba en su despacho. “Adela y Oriol eran muy jóvenes pero se amaban como si sobre ellos pesara una condena de siglos” explicó Simone mientras en su cara se dibujaba un gesto de dolor. Oriol se presentó ante el juez con aquel manuscrito diciendo que lo había encontrado en la notaría del padre de su novia. La explicación fue que había leído en la prensa el caso de la maestra sospechosa de asesinato y había atado cabos. El juez comprobó con un perito que la caligrafía era la del cirujano fallecido y se cerró el caso. Después de aquello sucedieron cosas que Simone no había previsto: Adela y Oriol tuvieron una fuerte discusión. Adela había estado al margen de todo y eso no le gustó a aquella joven y apasionada bruja que todavía no sabía que lo era. Oriol, que se había limitado a ayudar a Simone, se sintió herido en medio de un enjambre que poco tenía que ver con él y huyó a Barcelona. Se embarcó como trompetista en un crucero que zarpaba a Grecia y no había vuelto a Valencia hasta la pasada semana.
¿Y qué hizo Adela? le pregunté a Simone. “Se convirtió en gaviota y lo estuvo siguiendo hasta que pudo olvidarlo, pero eso tampoco creo que lo sepa Oriol” susurró Simone con la voz de quien guarda un importante secreto. “Ósea que Adela, además de hacer confesar a los corruptos, también puede volar” pregunté intrigada. “Hay cosas que todas las brujas podemos hacer: volar y desaparecer son dos de ellas” me dijo Simone con una sonrisa franca e infantil.

Cap. 16
La visita a Michael no podía esperar. Así que nada más salir del Centre Octubre me dirigí a su casa y llamé a su timbre como quien llama al infierno. Y allí estaba Lucifer esperándome con una sonrisa y un imperativo: Come in! Me dejé caer en su sofá mientras él se iba a preparar un té sin ninguna pregunta indiscreta.Pero yo estaba decidida a no esconderme más: “Michael, he visto que has seguido escribiendo por mi. Gracias”. “No ha sido difícil. Tu estilo es fácil de imitar y he localizado a tus fuentes” me respondió con una de esas miradas suyas donde la seguridad se podía cortar. En las últimas entregas del blog, Carlos Fabra se había convertido en absoluto protagonista y Michael parecía manejar información de primera mano. Como siempre él empezó a explicar las cosas con la pericia de quién sabe distinguir rápidamente qué información es relevante y cuál no. “La confesión de Carlos Fabra es una historia fascinante así que he decidido que nos vamos a centrar en él y he localizado a María Fabra, esta colega nuestra, que lo ha seguido durante años” afirmó Michael. Mientras él daba el primer sorbo a su taza y se suponía que me tocaba intervenir a mí, yo no pude articular más que una media sonrisa. Tenía mil cosas que contarle sobre esa confesión pero sólo podía pensar en una cosa: hacer el amor con ese pedazo de hielo. La última luz de la tarde entraba en el salón y Michael me parecía en hombre más interesante del planeta tierra: ¿Has hecho alguna vez el amor con una bruja? le pregunté mientras me acercaba a su sillón y me sentaba encima de sus piernas. “Por supuesto” contestó. “Con muchas de ellas”. Y no le dejé seguir. Por si acaso…

Cap.16 (bis)
El amor es el gran misterio. Más grande que la vida. Sabemos por qué nacemos y por qué morimos. Todo el proceso está claro: son cosas que pasan en nuestros cuerpos. Pero no tenemos ni idea de por qué llega el amor. Quizás por eso necesitamos concretarlo en algo físico: ¡Pobre sexo! Él es la gran víctima del amor: hasta le hemos robado el nombre. Y le llamamos “hacer el amor”. Sus otros nombres nos parecen grotescos. Pero ¿qué es hacer el amor? Si hay algo que se resiste al verbo hacer, es, justamente, el amor. No podemos fabricarlo, en realidad, es él quien nos modela a nosotros a su antojo. Se resiste a toda ficción de dominio: atrapado, sencillamente, se muere. En cambio el sexo, siempre esta ahí, tranquilo, como un bálsamo, como una celebración de la vida, que acude cuando le llamas y puedes hacer con él lo que quieras. Puedes inventarlo todo, una y mil veces, desde cero. El sexo es como la literatura: creación pura. El amor, por el contrario, es la selva.
Todo eso estaba pensando mientras miraba cada detalle del rostro dormido de Michael. Nunca le había observado tan de cerca. Como yo ya imaginaba, Michael era un buen amante. Sencillo y contundente. Su sexo era tan rotundo como él. Tenías la sensación de estar en la cama con un minotauro: mitad hombre, mitad bestia. Y no sabrías decir cual de las dos mitades era más acogedora. Era fuerte como una roca pero sus brazos eran la cueva de un acantilado. Sentí como si me penetrara el mismo planeta, y pudiera conocer el sabor de la tierra roja recién preñada de una lluvia fina y salada.
Al final, todo salió tan rodado que pensé que Adela podría estar detrás de todo este encuentro casual. Tener sexo con Michael había sido la mejor manera de persuadirle de la misma existencia de las brujas. No lo había planeado lo más mínimo, pero le advertí: no sabía que iba a pasar porque era la primera vez que iba a hacer el amor siendo una bruja. Michael pensó que se trataba de un juego verbal de seducción y me contestó algo en inglés que creo que era divertido. Pero lo que él no podía ni imaginar es que en el punto más álgido de mi orgasmo, que fue también el suyo, los dos íbamos a sobrevolar la ciudad, a mitad tarde, completamente desnudos.
Cuando vuelan los cuerpos se convierten en polvo. Pequeñas partículas arrastradas por el viento. La presencia del cuerpo de Michael a mi lado era algo nuevo para mí. En mi corta vida como bruja había volado una única vez y lo hice sola. Cuando me dormí en la proa de aquel barco y mi alma se subió a lo alto del mástil. En esa ocasión mi cuerpo se quedó bajo y yo regresé a él con el abrazo de aquel marinero experto en brujas. Ahora estábamos volando juntos Michael y yo, y no sólo volaba mi alma. Podía sentir cada poro de mi piel y de la suya. Soplaba un levante suave que nos llevó hacia la Sierra Calderona. Así que pudimos compartir, desde arriba, el calor de la puesta de sol. Era como si él nos mirara frente a frente y nos dijera: “Habéis llegado un poco tarde, me voy, hasta la próxima amigos”. No podíamos hablar, sólo sentirnos. Tampoco podía decidir que rumbo tomar, así que pensé que debíamos regresar y aparecimos de nuevo en la cama de Michael, desnudos y dormidos.
Adela me explicó lo que sucedía en este tipo de vuelos unos días más tarde, cuando fui a visitarla para contarle que Oriol había vuelto. La explicación, más o menos, es como sigue: cuando una bruja vuela en compañía se produce un extraño proceso de fusión. El polvo de los dos cuerpos es una pequeña nube que flota movida por el viento. Cuando volamos solas podemos decidir hacia donde vamos, pero en compañía, las brujas no tenemos control del rumbo, por eso es difícil regresar y hay que escoger días más bien en calma. Volvemos al origen de la travesía en cuanto lo decidimos, siempre que no nos hayamos alejado más de unas 10 millas náuticas que vienen a ser unos 18 kilómetros en tierra. “Más allá de esa distancia apareces en el lugar donde estás”, me advirtió Adela. “Hay anécdotas muy divertidas, sobre brujas adictas a estos vuelos que han aparecido desnudas con un despistado a 50 kilómetros de su casa” me advirtió Adela con un leve guiño. Un instante más tarde su semblante cambió y me cogió de los hombros, un gesto que ya me indicaba que iba a decirme una cosa importante: “Si vuelas sobre el mar hazlo sola, ahí si necesitas poder volver, pues no es lo mismo aparecer desnuda que tener que nadar kilómetros de distancia para llegar a puerto”.
Pensé que ese era el momento y sin preámbulos le dije que Oriol había vuelto y estaba en Valencia. Y mientras yo esparaba una cara de sorpresa ella soltó una de sus enormes carcajadas: “lo sabía, niña, ya lo sabía”. ¡Qué ingenua soy! pensé, ¡si Adela es capaz de leerme el pensamiento, y de ver lo que hago en la Isla de Tabarca, cómo no va a saber que Oriol ha vuelto!
Sin darnos cuenta había llegado el 24 de diciembre y el panorama se había despejado bastante. Había tanta paz a mi alrededor que casi pensé que ya no era bruja y que todo había vuelto a la normalidad. Afortunadamente Michael viajó a Chicago al día siguiente de nuestro vuelo sin tiempo para hablar demasiado. Simone estaba en Paris con sus hijas. Oriol en Barcelona. Adela en Soria. Y mi hija Silvia acababa de aterrizar en casa como un auténtico bálsamo. Nuestro único objetivo: salir pitando hacia la cena de Noche Buena. Era la primera vez en mi vida que las Navidades me parecían un descanso. Desconexión total.

Cap. 17
París era un viaje al norte hasta para mi que crecí en las calles del Marais. Sin embargo, este mes de diciembre, el sol parecía empeñarse en llevarle la contraria al invierno. Hay muchos lugares a los que volver siendo otra, pero París era el lugar al que yo volvía para ser igual a mí misma. Aquella joven inquieta a la que se le salía el corazón del pecho al primer traspiés. Empecé el día caminando por la orilla del Sena hacia Notre Dame, la primera visita obligada de cualquier retorno a su ciudad. Imponente y elegante, como una mujer de la alta sociedad francesa, allí estaba, más blanca que nunca, la gran dama. La recordaba más gris. Era temprano y aún reinaba un cierto sosiego en los muelles. Las librerías de viejo mantenían cerradas sus grandes bocas. Y el bateaubus llegaba despacio a su parada. Tenía a Celia en la cabeza, pero sobre todo a su abuela Eladia. Jamás olvidaría aquella fría Navidad de 1955, cuando Eladia y su hija Rosa, para alejarse un poco del escándalo que había suscitado su separación, decidieron venir a pasar las navidades a la ciudad de la luz.
Aquel invierno del 55 era mucho más gris. Eladia y yo apenas estrenabamos nuestra amistad paseando con su hija Rosa por la orilla del Sena. Era pronto y hacía frío. Caminábamos enfundadas en nuestros gruesos abrigos de paño negro, cuando su animada conversación se interrumpió del golpe. En uno de los pequeños jardines que hay en la parte trasera del templo, un grupo de personas se agolpaba en torno a una mujer que abrazaba gritando a un niño pequeño. El niño parecía yacer sin vida en sus brazos. Y desde lejos, era como si aquella mujer quisiera hundirse en la tierra para siempre. Sentí como Eladia daba un respingo y ponía una mirada extraña. Me pidió que sujetara a su hija Rosa y corrió, yo diría que voló, hasta aquella mujer. Me asombró su determinación. Estábamos en Francia, no era su tierra, pero Eladia parecía saber exactamente qué tenía que hacer. Cuando logró hacerse paso entre el gentío vi como apartaba de un golpe a un gendarme que impedía acceder hasta la madre. En el instante en que Eladia consiguió acariciar la frente del pequeño, el niño tosió, escupió algo que luego supimos que era un cacahuete y recuperó el aliento. Con la misma rapidez, Eladia se escapó del grupo, llegó hasta mi lado, cogió a Rosa en sus brazos y pálida como una pared de cal me dijo: ¡vámonos! Y desparecimos sabiendo las dos lo que había pasado. “Ese era el extraordinario poder de la abuela Eladia, podía hacer volver a los vivos del mundo de los muertos”.
Cap. 18
Enero había arrancado muy lentamente. Tras el descanso navideño, las cosas volvían a adquirir poco a poco su tonalidad real. Mi hija Silvia volvía al Instituto y yo recibí la interesante invitación de Simone para pasar con ella un fin de Semana en la Sierra. Parece que Simone tenía una casa en Almedijar, en la Sierra de Espadán, donde ella y mi abuela Eladia habían pasado muy buenos ratos. Simone había vuelto de París con la intención de desvelarme los poderes de la abuela Eladia: “Entre las brujas hay varias teorías sobre este tipo de cosas” me explicó por teléfono al tiempo que cursaba su invitación formal. “Algunas piensan que la genealogía es un estorbo. Otras que sólo desde la comprensión de ese árbol ancestral sabemos mirarnos en un escenario propio”, la escuché decir completamente convencida de que Simone había tomado partido por el segundo equipo.
“Almedijar” era la palabra que me venía a la cabeza una y otra vez. Estaba a punto de cumplirse una semana desde la invitación de Simone y ya lo había preparado todo para subir a la sierra de Espadán, así que arranqué el coche y puse rumbo al Alto Mijares. Sujetaba el volante como si tratara de aferrar el alma al cuerpo y el cuerpo a la Tierra. Esta vez no quería volar. Todavía no quería volar, aunque todo presagiaba un gran viaje. Cuando empecé a dar las primeras curvas de ascenso a la Sierra, me sentí tan desnuda como las “sureras” que me recíbían a lo largo del camino. Había algo que me inquietaba enormemente: ¿sabría Adela que Simone me había invitado a su casa para contarme algo tras trascendestal como el hechizo de mi abuela? ¿Por qué tomaba Simone decisiones de tanta importancia sin contar con la opinión de mi bruja mentora?
Yo conocía bien la desnudez de esos árboles, aunque ahora no pudiera verla por la inmensa nevada de la semana pasada. Simone me había tentado definitivamente con la descripción del paisaje: “Sube y verás como la sierra se pone blanca. Tengo una vieja chimenea de piedra que tu abuela Eladia adoraba y podemos recordarla juntas. Allí escribimos, ella y yo, a cuatro manos, unos textos breves, a veces divertidos, a veces tristes, sobre la saga de las mujeres hueco“. Mientras recordaba cada una de las pocas palabras pronunciadas por Simone, el coche se acercaba lentamente a la señal que indicaba la entrada al pueblo. Era verdad, todo estaba muy blanco. Simone no mentía. Y yo no me quitaba de la cabeza a Adela.
La casa de Simone era una de esas fachadas que llaman la atención por tener una puerta desplazada hacia un costado. Estaba ubicada a la salida del pueblo, en el camino de las eras. Fue fácil encontrarla con sus indicaciones. Las jambas de las puertas y ventanas estaban pintadas de azul y había una gran polea en lo alto del balcón del primer piso. Me sonreí al recordar que según algunas versiones, las jambas se pintaban de azul para ahuyentar a las brujas. Lo que era inconfundible era la veleta: una enorme gaviota con una mujer sentada sobre ella. Llamé al timbre deseando que me abriera la puerta la mismísima Adela, pero no fue así. Simone apareció sola, pequeña, sonriente, envuelta en un poncho de lana color paja y me invitó a pasar.
Atravesé el umbral de la casa de Simone con Adela en la piel. La noté en el mismo momento en el que puse el primer pie en la baldosa de barro. La llevaba a ella en cada poro y sentía su presencia en la garganta. Simone lo supo de inmediato. Me invitó a pasar hasta la enorme chimenea de la cocina sin preámbulos y antes de abrir la boca me sirvió un gin tònic: “Tu abuela Eladia podía darle tiempo a los que ya se habían ido, querida Celia, y ahora apareces tú, capaz de hacer tiempo con los vivos”. Supe que acababa de escuchar algo importante, aunque mi cuerpo no tuviera más vida que mi piel, y no acabara de entender muy bien qué estaba sucediendo ni para qué serviría un poder tan poco concreto. Simone me miró como leyéndome el pensamiento: “No te preocupes Celia, las brujas siempre venimos con lo que falta”
Cap.19
Lo primero que escuché desde el cuerpo de Celia fue una frase de Simone: “las brujas siempre venimos con lo que falta”. Eran palabras que parecían encerrar un designio que no yo no acaba de identificar. Si yo veía con los ojos de Celia aquella escena, y el caso es que la veía, allí quién faltaba era yo. Pero no faltaba porque estaba allí, en un estado de fusión con Celia que nunca hubiera podido imaginar. Yo estaba acostumbrada a tener que sacarme a mis hechizados de la piel, aún recuerdo la última noche sumergida en el mar de Benicassim para sacarme a Carlos Fabra del cuerpo tras haberle hecho confesar. Pero aquello era algo distinto, no era una ocupación, era como si Celia y yo compartiéramos un tiempo en su cuerpo, un tiempo que ni era mio ni era suyo. Todo había sucedido de repente, mientras yo caminaba por la playa de la Malvarrosa enfundada en mi forro polar. Celia me daba un tiempo nuevo y yo era, en ese instante dos personas: la que seguía caminando por la playa, y la que se abrazaba al alma de aquella joven bruja, a los pies de una hoguera en medio de la sierra de Espadán. Y en aquel fantástico desdoble todo transcurría sin prisas, como si fuéramos a darnos tiempo para tener tiempo. Una cosa sí había cambiado: contra todo pronóstico, ahora que estaba en el cuerpo de Celia ya no podía leer sus pensamientos. Tenía miles de preguntas que supongo que tampoco Celia podría responder, al menos por ahora.
Cap. 20

Cuando me desperté en casa de Simone me pareció haber dormido un siglo. No recordaba haber descansado tanto en mucho tiempo. “Con una bruja en el cuerpo se duerme muy profundamente, casi tanto como en los brazos de aquella extraña tribu de hombres abrazo” pensé mientras acariciaba mis pechos en un gesto instintivo y me daba perfectamente cuenta de que Adela ya no estaba en mi piel. Cuando puse un pie en el frío suelo de barro se escuchó desde la cocina la voz de Simone que anunciaba café caliente y tostadas. Ella no necesitaba ver a través de los gruesos muros de piedra tosca para saber que yo ya estaba despierta ¡Qué paz y qué silencio en aquella casa de la Sierra! Simone iba a llevarme al lavadero del pueblo, el lugar favorito de mi abuela Eladia, así que el día prometía.

A la salida del pueblo, mirando a la Sierra se encontraba el lavadero. Simone me contó que a la abuela Eladia le fascinaba este lugar. Ella lo llamaba el ágora de las mujeres. Había muchas cosas que desconocía de la abuela. Pero tampoco era tan extraño: ¿Quién conoce a quién? De mis pensamientos me sacó, de un sobresalto, un enorme grito de dolor: Un “No” inmenso, gélido, atronador estaba reventando el valle. Simone reconoció la voz y parecía saber de donde venía. Salió disparada hasta el horno que había en medio de la plaza.

Vi como se dirigía corriendo hacia una mujer, más joven que ella, que sentada en el suelo, se cogía con las manos la cabeza. “Lo han encontrado muerto, Simone -se desgarró de nuevo aquella voz- muerto dentro de su coche en Puerto de Sagunto”. Simone se quedó clavada en la acera, enjuta y pequeña como un dardo. Y yo sentí de nuevo una presencia en mi piel, en cada poro, y esta vez no era Adela. Tenía dentro a un hombre joven a quién yo no conocía. Sentí como un calambre que me atravesaba de los pies a la cabeza. Estaba asustada, no, lo siguiente. Simone debió de intuir que algo pasaba porque se giró bruscamente y me cogió la mano: “no puedo devolverlo a la vida, no soy mi abuela”, le dije para que no quedara ninguna duda. Simone entendió <em>ipso facto </em>que algo estaba pasando en mi cuerpo y que yo tenía que salir de allí cuanto antes. Y así lo hice.

Cuando aparqué el coche me dirigí a mi casa con una idea fija: buscar en google qué había pasado en el Puerto de Sagunto, con un coche y un muerto. Pero primero pasé a recoger a mi hija Silvia que estaba en casa de su padre. Silvia era una niña muy lista y adivinó en mi cara que algo grave estaba pasando: “¿qué te ocurre, mamá? ¡tienes cara de cazafantasmas!” me soltó Silvia nada más subir al coche. Mi hija acababa de conseguir que descargara toda la tensión en una sola carcajada. “Efectivamente amor, he pasado el fin de semana cazando fantasmas. El mío, el de tu bisabuela Eladia, en fin, ya sabes, esas cosas que yo hago para poder escribir historias” le expliqué mientras Silvia ponía esa carita tan suya de complicidad y extrañeza.

Cuando entramos en casa nos tiramos juntas un rato en el sofá mientras ella me contaba su fin de semana con amigas. Su padre y yo ya pintábamos poco en la vida de esta jovencita, pero era apasionante verla crecer tan independiente. Cuando Silvia se cansó de mi conecté el portail y allí estaba la noticia que iba buscando: “un joven natural de Almedijar, Oriol F., había aparecido muerto en su coche en Puerto de Sagunto. Llevaba desaparecido varios días. Quizás los mismos que permaneció su coche bajo las aguas del puerto. Su novia, una joven de nacionalidad eslovaca, seguía desaparecida. La policía investigaba las causas de su muerte, no descartaban el suicidio, pero tampoco el asesinato”. Me quedé congelada cuando leí el nombre del joven. Oriol no era un nombre cualquiera. Llamé por teléfono a Simone. Ella debía de saber algo de todo esto, pero en Almedijar no había demasiada cobertura. En ese momento sonó el timbre de la puerta y era Michael. Allí estaba el hombretón de Chicago con quien había realizado mi último vuelo: estaba tan asustada que nada más verlo le abracé como si yo fuera náufraga y él la única balsa de madera de todo el océano.

Con una copa de vino en la mano y Michael sentado frente a mi, la vida parecía más sencilla. Así que pude ordenar mis pensamientos y contarle a Michael lo que había pasado mientras le preparaba la cena a Silvia. Michael buceó en google para tener su propia versión de los hechos y manifestó una sospecha clara: Ese tal Oriol no se había suicidado. Entre los dos elaboramos un pequeño cuestionario para ordenar la investigación y llamé a Simone. Me cogió el móvil desde Valencia: “Me he bajado para averiguar que le ha pasado al sobrino de Oriol”, me dijo nada más descolgar el teléfono: “Necesito que tú y Adela me ayudéis. Hemos quedado Oriol, Adela y yo en la cafetería del Centre Octubre mañana a las cinco de la tarde, después iremos al hotel inglés” añadió como si hablara desde el centro de la tierra. Su voz era de una gravedad incomparable. No tenía muchas fuerzas para seguir hablando así que no la forcé, pero esa convocatoria ya aclaraba alguna cosa: el chico de Almedijar no era Oriol pero tenía relación con él, era su sobrino. Yo también estaba agotada. Acosté a mi hija y acepté la invitación de Michael: “I go home for some thing to eat. I have some cheesecake perfect for this wine”. Su rostro dibujaba una expresión amable y acogedora así que acepté agradecida, le dejé las llaves de mi casa y me metí en la ducha.

Michael tenía un sexto sentido para descubrir que había de delictivo detrás de unos hechos. Estaba claro que aquellos ojos azules ya estaban acostumbrados a escudriñar en los bajos fondos. Por eso, a pesar de que tenía muy poca información, desde el principio apuntó en la dirección correcta: la clave para averiguar que le había pasado a ese chico era su novia, la que estaba desaparecida. Simone había llegado a la misma conclusión: “Ella es la pieza que falta” afirmó en su brevísima introducción de lo ocurrido mientras ella, Adela y yo esperábamos a Oriol en la cafetería del Centre Octubre. Cuando Simone pronunció esas palabras yo sentí que me temblaba todo el cuerpo. Y acerté a adivinar que sería muy capaz de traer hasta nosotros a esa muchacha, pero resistí. No acababa de tener claro si quería dejarme ocupar de nuevo, preferí esperar la llegada de Oriol que venía a contarnos toda la historia. Mientras esperábamos a Oriol yo miraba a Adela tratando de adivinar sus emociones: ¿qué sentía esta mujer momentos antes de reencontrarse con Oriol? Como siempre Adela me leyó el pensamiento y me cogió de la mano casi sin tocarme: ”Celia, a veces creemos que hemos encontrado al hombre que hará grande el amor, pero la mayoría de veces es sólo una ilusión” Con la misma ternura que ella me cogía de la mano, yo me acerqué hasta su mejilla y la besé: “hay que tener ilusiones ¿no?” le susurré con tono de pregunta. Y en ese estado nos sorprendió Oriol que acababa de atravesar a grandes pasos el vestíbulo del Centre Octubre. Y no pude más que sonreír: tendría que compartir a Adela conmigo.

Los besos protocolarios se acabaron en el momento en que Oriol se acercó a Adela. Me encantó su frescura: obviando por completo nuestra presencia la abrazó fuerte contra su pecho. Un abrazo que venía a reescribir una historia con diez años de ausencia. Me sorprendió la sonrisa de Adela y su mirada de niña. Por un momento presentí que se iba a convertir en gaviota allí mismo. Nunca había visto ese brillo en sus ojos. Y lo cierto es que sus brazos en la cintura de Oriol, parecían alas. Oriol se sentó a su lado aunque para ello tuvo que mover todas las sillas de la mesa. Me impresionó su determinación: acercó su silla a la de Adela tanto como pudo y le pasó un brazo por encima del hombro. Y no sé si sujetando a Adela o aferrándose a ella se dispuso a hablar: “Su hermana Rosa, la madre del joven que había aparecido muerto dentro de su coche estaba convencida de que su hijo había sido asesinado por una mafia que se dedicaba a la prostitución. Oriol había aparecido en Almedijar con Milada, una joven eslovaca muy guapa que de la noche a la mañana presentó como su novia. La misma que ahora se había tragado la tierra. A Rosa le pareció extraña, desde el principio, esta mujer que llegaba sin pasado a la vida de su hijo, pero no osó preguntar”. Ahora, tanto la madre como los amigos del joven muerto, sospechaban que éste había pagado con su vida el atrevimiento de desafiar a la mafia. A mí había algo que no me cuadraba: “¿lo habían matado por llevarse a una mujer? Me faltaban piezas, pero debía reconocer que no había puesto los cinco sentidos en la historia. Me fascinaba la figura de Adela y Oriol. Aquel abrazo sin fisuras me había dejado sin habla.

Estábamos llegando al final de la sesión sin tener un plan. Oriol había respondido a todas nuestras cuestiones: su sobrino no consumía drogas y no tenía un carácter depresivo. Al contrario, era un rebelde. Había colaborado con los movimientos antiglobalización y participado activamente en la asamblea del 15M en Segorbe. No tenía pinta de querer quitarse la vida ni tampoco parecía un hombre necesitado de visitar prostíbulos. Nadie tenía ni idea de cómo había conocido a Milada, nadie podía decir tampoco si era cierto que Milada provenía del oscuro mundo de la prostitución. Podía estar jugando el prejuicio, la xenofobia, el rechazo a lo desconocido, en las hipótesis que barajaban Rosa y sus amigos. Todos los datos estaban sobre la mesa pero nadie parecía tener una idea sobre por dónde empezar.

Simone, la más cualificada para atar cabos, estaba fuera de juego. Rosa, la hermana de Oriol, era más joven que ella pero habían hecho muchas migas en el pueblo. Largos paseos juntas por el barranco que unía Almedijar con Aín habían ido estrechando lazos entre estas dos mujeres y ahora Rosa estaba destrozada sin remedio. Si hay algo terrible es la muerte de un hijo. Eso Simone lo sabía y sentía el dolor de Rosa casi en su propia piel.

Adela tampoco estaba tan brillante como de costumbre. Sin duda, el regreso de Oriol le había impactado. Estaba atrapada en aquel abrazo. Se movía más lentamente, como si no quisiera escapar de aquella manta de afecto que Oriol había dejado caer sobre ella. Algo de su mirada me decía que no estaba aquí. ¿Y yo? ¿dónde estaba yo? pensé de pronto mientras observaba las tazas de café sobre la mesa.

Sentí una enorme responsabilidad sobre los hombros y la presencia de una mujer joven en mi piel. Otra vez me resistí a ser ocupada. Toda una vida trabajando por la autonomía y ahora va y mi capacidad como bruja era meterme en el cuerpo, el alma de otra persona. Parecía una broma pesada pero no lo era. Para poner fin a esta reunión había que inventar algo, así que les hablé de Michael: “Dadme un par de días y empezaremos a trabajar. Sugiero una incorporación, mi vecino Michael, el periodista americano que destapó una red de tráfico de órganos. Es un hombre pragmático y con oficio”. Aceptaron mi propuesta porque no había otra salida.

Michael sí sabía por dónde empezar. Casi me dió vergüenza cuando me preguntó qué datos teníamos de esa chica que estaba desaparecida. “Nada”, le contesté yo. “Creo que damos por hecho que era una prostituta. Una rubia guapa y de un país del Este, en un pueblo del interior, tiene todos los puntos para estar almacenada en un puticlub” añadí. Michael se puso en contacto con los policías de la brigada contra el tráfico de órganos que había conocido en España y estos le conectaron con extranjería. Milada Hossa, así se llamaba la chica, ahora desaparecida, tenía permiso de residencia en España. Era química de formación y su último trabajo había sido en Crobisole, una empresa fabricante de productos fitosanitarios de la localidad de Lleida.

Hace un año que la empresa le había dado de baja en la seguridad social. Crobisole aparecía en google relacionada con Partesis 2000, la empresa de la esposa de Carlos Fabra. Había fabricado de forma ilegal, sin las autorizaciones correspondientes, unos herbicidas que en teoría sólo podía fabricar Taronjax, la firma propiedad del empresario que denunció el caso Fabra. Cuando Michael me contó lo que había averiguado sobre Milada Hossa llamé inmediatamente a Adela. Ella había hecho confesar a Fabra así que quizás tuviera más información sobre sus actividades. Estos días, en la prensa, aparecía Fabra de forma recurrente por el retraso incomprensible de su entrada en prisión. El encuentro entre Adela, Simone, Oriol y Michael no tuvo desperdicio, era como si el Atlántico y el Mediterráneo se pusieran a dialogar.

Oriol y Michael se gustaron a la primera. Además, por fortuna, Oriol hablaba inglés, y yo no tenía que traducir cada palabra. Aunque, todo hay que decirlo, no hablaron mucho: se cruzaron dos miradas profundas, insondables y una sonrisa sincera. Adela y Simone entendían el inglés pero se negaban a hablar la lengua del imperio. ¡Que dos brujas más tremendas! Y allí estaba yo tomando notas de lo que decían ellas dos para explicárselo a Michael. Las averiguaciones de Michael, tan rápidas y tan eficaces, las dejaron boquiabiertas: ¡Quizás valga más una buena periodista que una buena bruja! pensé yo en un intento de recuperar mi identidad perdida en medio de la crisis. Michael seguía suplantándome en el blog del Chicago Tribune y había averiguado muchas cosas sobre los negocios internacionales de las empresas del caso Fabra, por eso sabía perfectamente a qué se dedicaba Crobisole y tenía algunas sospechas, aventuradas, pero que servían para empezar a trabajar. Lo más inesperado de todo es que Michael aceptó que su equipo estaba formado por brujas y quiso saber cuáles eran los poderes de cada una de nosotras para utilizarlos en la investigación. Eso sí que no me lo esperaba. Aquel tipo era un magnífico director de orquesta.

Me levanté de la sesión con el encargo de explicarle a Michael de que éramos capaces las brujas. Y así nos fuimos, Michael y yo, con una cita en la cartera. Me gustaba este tipo de grandes espaldas y rasgos etruscos. Me gustaba su silencio, su mirada y su inteligencia. Sobre todo su inteligencia. Así que me senté pequeña, en su confortable salón, mientras me bebía una Alhambra 1925 y trataba de concentrarme en el que debía ser mi papel: relatar los poderes de las brujas. Fui capaz de hilar dos discursos: uno erótico que transitaba en silencio por mi cabeza y otro episódico que salía de mi boca con precisión prusiana: “Simone es capaz de escribir cualquier cosa que será considerada verdadera. Puede suplantar por escrito a cualquiera. Adela es capaz de hacer confesar la verdad a cualquiera que esté en presencia suya. A Sara – a quien conozco poco- se le atribuye la facultad de conseguir que la gente actúe según sus pasiones y yo – ahí noté que Michael me estaba mirando las tetas en lugar de los ojos- Y yo, repetí para captar su atención, se supone que soy capaz de ser poseída por el alma de la persona que falta en una situación dada. Mi pechos habían ganado la partida y Michael no me dejó seguir pronunciando palabra.

Desperté de la siesta con una idea fija en la cabeza: “hemos de ir a Lleida” le dije a Michael que ya hacía rato que estaba despierto, rescostado en la cama, con su ipad en la mano. “Hemos de localizar donde vivía Milada Hossa mientras trabajaba alli” le dije a contonuación. Hablar con quienes la conocieron en vida. Michael estaba de acuerdo. Así que no tardamos nada en buscar un coche de alquiler y comunicar al grupo cuál eran nuestros planes. Adela y Oriol se apuntaron al improvisado viaje: Oriol tenía una furgoneta wolskwaguen algo vieja que podía servir, lo mejor era no dejar rastro de nuestros movimientos. A Oriol lo habían matado, así que quienes trataran de averiguar qué había sucedido también estaban en peligro.

En una hora, Adela y Oriol pasarían a recogernos. Y lo hicieron con puntualidad británica. Nada más subir a aquella vieja furgoneta sentí, de nuevo, la presencia de una mujer joven en mi cuerpo que me decía: Gracias. No acerté a saber si estaba viva o muerta. Sólo que me daba las gracias por emprender ese viaje.

Conducía Oriol y Michael iba escuadriñando en su tablet los registros mercantiles de la provincia de Lleida: Crobisole no sólo fabricaba pesticidas, sino también productos cosméticos sobre todo destinados al mercado femenino: lacas de uñas, perfumes, maquillajes, etc. Exportaba a EEUU y a algunos países de América del Sur. Camino de Lleida nos llamó Simone. Se había hecho pasar por el fiscal de instrucción y solicitado por escrito, al banco de Oriol, un extracto de los movimientos bancarios de Oriol. Lo último que Oriol pagó con su tarjeta, relacionaba al chaval con la ciudad de Lleida: los peajes de la autopista Barcelona-Valencia y un restaurant en el casco antiguo de Lleida. No íbamos mal encaminados. Cuando paramos a tomar un café les confesé a mis acompañantes que sentía que Milada estaba dentro de mi cuerpo y que lo mejor que podíamos hacer era hacerle caso a mis intuiciones.

Mientras el paisaje corría por la ventanilla, me venía a la cabeza la conversación con Simone en su casa de Almedijar. Parece que todo tiene que ver con el tiempo. De repente, me acordé de aquel álbum de Maria del Mar Bonet, que llevaba por título el correr del temps. Mi canción favorita era “alenar” porque en ella la Bonet se refería a una de mis calles favoritas en Valencia: el carrer Cavallers.  Mientras me venía a la cabeza la imagen del carrer de Cavallers sentí un escalofrío: Michael, por favor, -le pedí a mi compañero de asiento con cara de susto- puedes mirar si en Lleida hay alguna calle que se llame “Cavallers”. Su respuesta me dejó congelada. En Lleida, en el casco antiguo, había un carrer Cavallers. A continuación Adela se puso en contacto con Simone para saber si aquel restaurante en el que había cenado Oriol estaba cerca de esa calle.

Efectivamente, el restaurante en el que cenó el sobrino de Oriol en su último viaje a Lleida estaba a dos manzanas del carrer Cavallers. La siguiente información me la dio Michael y me dejó congelada: el último domicilio conocido de Milada Hossa era Cavallers, 2 pta.4, en Lleida. Ya sabíamos hacia donde dirigirnos, pero algo me decía que a esa casa debía entrar sola.

Me costó convercerles, sobre todo a Michael, pero finalmente me salí con la mía. Me espararían cerca pero a Cavallers entraría yo sola. Y lo cierto es que no hizo falta entrar. Cuando llegué al portal sentí que el timbre que tenía que accionar estaba en el edificio de enfrente, una finca más grande, aunque algo destartalada, que tenía la puerta abierta. Entré y me encontré con una mujer mayor en lo que debía ser una de las pocas porterías activas del casco antiguo de Lleida: “vengo buscando a la vecina del 5, me manda su amiga Milada, la chica que vivía en frente”. Me oí decir a mí misma, como si mi voz no saliera de mi garganta, sino de lo más profundo de mi estómago. “La dona que voste busca no està ara. Si vol em pot deixar el seu telefon i jo li donaré l’avís” me dijo en un catalán de toda la vida que había sospechado mi origen. “No passa res, l’esperaré”. Le contesté, pensando que debía ser prudente. A pocos pasos del número 5 había una cafetería con terrraza así que me senté a esperar y comuniqué al grupo que la cosa podía ir para largo. Pero no fue así, a los 15 minutos sentí algo extraño al ver a una mujer que llegaba cargada con la bolsa de la compra y se pedía un cortado mientras charlaba animadamente con un camarero a quien parecía conocer bien.

Arrastrada por una fuerza que no era mía, me dirigí hacia ella y me presenté: me llamo Celia, soy amiga de Milada Hossa. A la mujer se le iluminó la cara, con un destello auténtico que alejó de mi toda sospecha: “¿Está bien?”, me preguntó. “Desapareció de repente y no supimos nada más de ella” añadió. En ese mismo momento yo supe que Milada estaba muerta y que desde dentro de mi cuerpo, lloraba desconsoladamente, ante el rostro de su amiga. No me dio tiempo a contestar, el rictus de mi cara debió ser suficientemente claro como para preocupar a aquella mujer que tomó asiento frente a mi sin quitarme de encima la mirada, agarrando sus pupilas a las mías, en un esfuerzo desesperado para no escuchar lo que yo parecía a punto de decir pero no dije. “La verdad es que no lo sé” le contesté. Siéntese que voy a explicarle quién soy y porque he venido.

Tras una larga charla donde lo único que omití era mi condición de bruja, empecé a recibir de Antonia la información que esperaba. Milada trabajaba para una fábrica de productos químicos y había conocido a un chico valenciano con el que tenía un romance, no sabe si serio o no. Todo había cambiado en la vida de esta mujer desde que viajo a México, hace ahora más o menos año y medio. Allí ella descubrió algo sobre su empresa que motivó su despido voluntario. Lo dejó todo de un día para otro: “Me dijo que se iba a Valencia a vivir con aquel chico, pero que me llamaría”. Esa llamada no se había producido y hace ya meses que Antonia la esperaba.

Mientras yo hablaba con Antonia, Michael no había estado quieto esperándome. Eso debí sospecharlo. Michael había conseguido una cita con el gerente de Crobisole con la excusa de un reportaje a pymes que habían empezado a exportar en los últimos años. Una vez más Adela se iba a hacer pasar por una periodista, esta vez, de una TV americana, para solicitarle una entrevista al gerente de Crobisole. La idea era que Adela le hiciera confesar todo lo que sabía delante de una cámara. Oriol se había encargado de conectar con unos viejos amigos de Barcelona que tenían una productora de vídeo y que le explicaron dónde alquilar una cámara. La visita a la empresa se había concertado para mañana a las 13.00 horas, en un polígono a las afueras de Lleida. Adela necesitaba concentrarse, así que decidió abandonar el grupo e irse de rebajas. Nos pidió que la recogiéramos mañana a las 11 horas en la puerta del Ayuntamiento. Y allí me quedé yo, en compañía de Michael y Oriol y con Milada llorando dentro de mí.

Cuando recogimos a Adela estaba radiante. Llevaba un traje chaqueta-pantalón de lino blanco muy fino y un top negro de licra que se pegaba perfectamente a su delgado cuerpo. Oriol no pudo más que sonreir ante su imagen tan serena. Michael estaba también tranquilo y a mí no me llegaba la camisa al cuerpo. Pude indicarles el camino con exactitud. Yo no necesitaba el GPS porque llevaba a Milada dentro. Cuando llegamos a la puerta de la empresa di un respingo. El conserje me miró como si me conociera. Adela nos presentó como los productores: Michael y yo estábamos en un segundo plano. El gerente de Crobisole era un hombre delgado, también atractivo, de piel extraordinariamente blanca. Tenía ojos de listo, una mirada fría que contrastaba con su gestualidad amable. Había, en su forma de moverse, algo eléctrico, una especie de magnetismo amenazante.

Me pregunté si Adela sería capaz de embrujarlo. Los hechizos no siempre funcionan y aquel parecía un tipo difícil. Haría falta un cruce específico de miradas. Observé como Pedro Arcilla, el gerente de Crobisole, fijaba su mirada en el culo de Adela, justo en el momento en que ella sacaba de la bolsa un micro de corbata. Adela pareció adivinar que ese era el instante clave y se giró bruscamente, clavando sus ojos verdes en aquella mirada gélida del hombre que en ese momento se convirtió en su blanco. “Lo tiene”, pensé para mis adentros. “Lo tiene”, le dije a Milada con una voz que nunca saldría de mi garganta.

Oriol preparó el set y se entretuvo bastante en la elección del plano. Michael también intervino. Todo parecía de lo más normal. Y tras las preguntas introductorias de rigor empezó el baile. ¿Quiero que me diga que le ha sucedido a Milada Hossa y a su novio Oriol? “Tuvimos que matarlos” afirmó Pedro Arcilla con la misma tranquilidad con la que minutos antes nos había proporcionado las cifras de exportación de la empresa. ¿Por qué? Le pregunto Adela, como si la información que estuviera recibiendo fuera de lo más ortodoxa. “Milada descubrió, en su viaje a México, que un defecto en nuestra laca de uñas era el responsable de la dermatitis atópica de un centenar de niños nacidos el año pasado. No me pregunten como lo averiguó. Aún no lo entiendo. Estaba decidida a denunciarnos, asesorada por el ecologista de su novio. Tuvimos que matarles” añadió Pedro Arcilla mientras miraba fíjamente a la cámara y ponía esa cara rara que viene a decir que algo no le encaja a quien lo tiene todo bajo control.

Cuando escuché su última frase senti en mi interior un vacío enorme. Como si Milada me hubiera abandonado de pronto. Me sacó de ese estado el sonido del teléfono en la mesa del despacho del señor gerente. El conserje le avisaba de que la empresa estaba rodeada por la policía nacional que requería su presencia. Lo que más me impactó es que en ese momento Oriol sacó un arma y le disparó un tiro en la frente a aquel desalmado. Dos segundo después, Adela, sin mediar palabra, se convirtió en gaviota y salió volando por la ventana. Pobre Simone, pensé: “los ha vuelto a perder a los dos”. Por fortuna, Michael seguía ahí cuando entró la policía. Justo a tiempo para sujetarme a mí del brazo. Todavía no hemos podido explicar a las autoridades, de quien ese la voz de la mujer que aparece en la cinta haciendo las preguntas. No acaban de creerse que esa voz sea la mía pero la grabación de Pedro Arcilla no deja lugar a dudas. Desde entonces, yo bajo todos los días a la playa, a esperar a Adela.

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