Inventario_55

Me levanté de la sesión con el encargo de explicarle a Michael de que éramos capaces las brujas. Y así nos fuimos, Michael y yo, con una cita en la cartera. Me gustaba este tipo de grandes espaldas y rasgos etruscos. Me gustaba su silencio, su mirada y su inteligencia. Sobre todo su inteligencia. Así que me senté pequeña, en su confortable salón, mientras me bebía una Alhambra 1925 y trataba de concentrarme en el que debía ser mi papel: relatar los poderes de las brujas. Fui capaz de hilar dos discursos: uno erótico que transitaba en silencio por mi cabeza y otro episódico que salía de mi boca con precisión prusiana: “Simone es capaz de escribir cualquier cosa que será considerada verdadera. Puede suplantar por escrito a cualquiera. Adela es capaz de hacer confesar la verdad a cualquiera que esté en presencia suya. A Sara – a quien conozco poco- se le atribuye la facultad de conseguir que la gente actúe según sus pasiones y yo – ahí noté que Michael me estaba mirando las tetas en lugar de los ojos. Y yo, repetí para captar su atención, se supone que soy capaz de ser poseída por el alma de la persona que falta en una situación dada. Mi pechos habían ganado la partida y Michael no me dejó seguir pronunciando palabra.

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